La mañana del 6 de agosto de 1945 amaneció clara sobre Hiroshima. A las 8:15, hora local, el bombardero B-29 Enola Gay, pilotado por el coronel Paul Tibbets, soltó sobre el centro de la ciudad la bomba conocida como Little Boy. Era un artefacto de uranio-235 de tipo cañón que explotó a unos 580 metros de altura, casi encima del puente Aioi y de la Clínica Shima. La potencia estimada fue de unos 15 kilotones de TNT.
En cuestión de segundos, la temperatura en el hipocentro superó el millón de grados Celsius. La onda expansiva y el calor incineraron o aplastaron todo en un radio de varios kilómetros. Más de dos tercios de los edificios de la ciudad quedaron destruidos. El fuego se extendió formando una tormenta que consumió lo que la onda de choque no había derribado.

Las cifras exactas de muertos nunca se conocieron con precisión. La población de Hiroshima aquella mañana se estima en torno a 340.000-350.000 personas, entre civiles, soldados, trabajadores movilizados (muchos de ellos coreanos) y un puñado de prisioneros de guerra. Las estimaciones más aceptadas sitúan entre 60.000 y 80.000 muertos en las primeras horas. Al final de 1945, cuando los efectos agudos de la radiación habían disminuido, el número se elevó a unos 140.000, según los cálculos oficiales de la ciudad de Hiroshima. Décadas después, el registro municipal de víctimas del bombardeo atómico supera ya las 349.000 entradas, porque muchos fallecieron años más tarde a causa de leucemia, cánceres y otras secuelas.
Uno de los pocos edificios que quedó en pie cerca del hipocentro fue el antiguo Pabellón de la Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima, diseñado por el arquitecto checo Jan Letzel y terminado en 1915. La estructura de acero y ladrillo resistió lo suficiente para convertirse en el símbolo más reconocible de la tragedia: el Genbaku Dome, o Cúpula de la Bomba Atómica. Hoy es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco y se conserva deliberadamente en ruinas.

El 6 de agosto de 2026, Hiroshima celebró la Ceremonia de la Paz en el Parque Conmemorativo de la Paz. El acto comenzó a las 8:00 y terminó alrededor de las 8:50. A las 8:15, el mismo minuto en que detonó la bomba, el silencio se impuso mientras sonaba la Campana de la Paz. Participaron unas 50.000 personas, entre ellas el primer ministro japonés Sanae Takaichi —en su primera asistencia desde que asumió el cargo—, representantes de un récord de 121 países y regiones, más la Unión Europea. China y Rusia no enviaron delegaciones. Estados Unidos estuvo representado por el jefe adjunto de misión de su embajada en Tokio.
El alcalde Kazumi Matsui leyó la Declaración de Paz. En ella denunció las violaciones del derecho internacional y las amenazas nucleares de las grandes potencias, e instó a los gobernantes a traducir las palabras de abolición en políticas concretas. Durante la ceremonia se depositó en el Cenotafio a las Víctimas de la Bomba Atómica la lista de 4.393 supervivientes (hibakusha) que fallecieron en el último año.

El Parque de la Paz, diseñado por el arquitecto Kenzo Tange, alinea en un mismo eje el Museo Conmemorativo, el Cenotafio y la Cúpula. Cada año, a la caída de la tarde, se sueltan farolillos de papel por el río Motoyasu con mensajes de paz. La tradición se mantuvo también en 2026.
La memoria de Hiroshima no es solo un acto de recuerdo. Es un recordatorio permanente de que las armas nucleares existen y de que su uso sigue siendo posible. Según el Anuario del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) correspondiente a enero de 2026, nueve países poseen en conjunto aproximadamente 12.187 ojivas nucleares. De ellas, unas 9.745 se encuentran en arsenales militares potencialmente utilizables y alrededor de 4.012 están desplegadas. Estados Unidos y Rusia concentran cerca del 86 por ciento del total. China continúa expandiendo su arsenal a un ritmo más rápido que cualquier otra potencia, y se estima que cuenta ya con unas 620 ojivas.
Los supervivientes, cada vez menos, siguen hablando de quemaduras, de la lluvia negra, de la sed y del miedo a que la enfermedad apareciera años después. Sus testimonios se conservan en el Museo de la Paz y se transmiten a las nuevas generaciones a través de los relatos de “testigos de segunda generación”.
Hiroshima se reconstruyó. Hoy es una ciudad moderna, verde y tranquila. Pero cada 6 de agosto, a las 8:15, el tiempo se detiene. El sonido de la campana corta el aire y, por un minuto, el mundo vuelve a mirar hacia el mismo punto donde, hace 81 años, una sola bomba cambió para siempre la medida de la destrucción humana.
La pregunta que formuló el alcalde Matsui en 2026 es la misma que se formula desde 1945: ¿elegirá la humanidad un futuro sin estas armas o seguirá viviendo bajo su amenaza?