En un movimiento que ha desatado alarma diplomática y preocupación internacional, la administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció este miércoles la suspensión indefinida de la tramitación de visados de inmigrante para ciudadanos de 75 países, entre ellos importantes naciones latinoamericanas como Brasil, Colombia y Uruguay. La medida, que entrará en vigor el próximo 21 de enero de 2026, ha sido presentada por el Departamento de Estado como una profundización del endurecimiento migratorio promovido por Trump desde el inicio de su segundo mandato, pero críticos advierten sobre sus posibles repercusiones geopolíticas y económicas.
La suspensión afecta exclusivamente a visados de inmigrante —aquellos que permiten la residencia permanente en Estados Unidos— y no a permisos de turismo, estudios o trabajo temporal, aunque fuentes cercanas al caso señalan que la instrucción interna a consulados es aplicar la pausa de manera estricta mientras se reevalúan los criterios de selección y control de antecedentes en todo el sistema consular. Según el memorando al que tuvo acceso la prensa estadounidense, los funcionarios deben rechazar solicitudes bajo las leyes actuales hasta que se establezcan nuevos procedimientos más rigurosos.

Entre los países latinoamericanos incluidos en la suspensión figuran Brasil, Colombia, Cuba, Guatemala, Haití, Nicaragua y Uruguay, junto con una larga lista de naciones de África, Asia, Europa y el Caribe que hay desde Somalia e Irán hasta Antigua y Barbuda y Nigeria. La decisión se enmarca en una política que Trump y su equipo han justificado como necesaria para evitar que inmigrantes dependan del sistema de asistencia pública estadounidense, una interpretación ampliada de la llamada cláusula de “carga pública” en la legislación migratoria que ya había sido objeto de debate y reorganización interna desde finales de 2025.

Este abrupto giro en la política de visas se produce en un contexto particularmente delicado para Estados Unidos: 2026 es un año marcado por la organización conjunta del FIFA World Cup 2026, un evento que atraerá a millones de visitantes y cuya logística depende de flujos migratorios temporales masivos. Aunque la suspensión no incluye visas de turista o negocios, analistas consultados por medios internacionales advierten que la medida podría generar una percepción de hostilidad o incertidumbre entre viajeros y aficionados de países afectados, complicando además las relaciones diplomáticas con gobiernos de América Latina que hasta ahora habían adoptado posturas relativamente moderadas respecto a las políticas migratorias de Washington.

En Washington, la portavoz de prensa de la Casa Blanca defendió la política con términos contundentes, describiéndola como una defensa de los recursos nacionales y de la seguridad interna, aunque evitó dar detalles sobre cuánto tiempo podría mantenerse la pausa o bajo qué criterios específicos se reanudaría la emisión de visas. Esta falta de claridad ha generado inquietud entre comunidades migrantes, empresas y universidades que dependen de la movilidad internacional.
La medida se suma a una serie de políticas restrictivas impulsadas por la administración Trump en materia migratoria, incluida la expansión de vetos previos, endurecimiento de criterios de inadmisibilidad y el incremento de revisiones incluso para visas ya concedidas. Para muchos observadores, esta decisión representa uno de los pasos más radicales en la agenda migratoria estadounidense de la última década y plantea interrogantes sobre la dirección futura de la política exterior de un país que se prepara para enfrentar críticas tanto internas como externas en un año crucial para su proyección global.