Con una ovación de pie de casi cinco minutos, Diego Luna regresó al Festival de Cannes como director con Ceniza en la boca, una película íntima y valiente que transforma el dolor migrante en una experiencia cinematográfica profunda. Lejos de discursos grandilocuentes, Luna entrega un relato de fracturas familiares y desarraigo que confirma su madurez autoral y coloca al cine mexicano, una vez más, en el centro de la conversación global.