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En Roma se celebra la fiesta de Pentecostés con una tradición bellísima y particular

Cada año, la Solemnidad de Pentecostés transforma el Panteón de Roma, también conocido como Basílica de Santa María de los Mártires, en un escenario de profunda belleza espiritual y estética.
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Miles de pétalos de rosas rojas caen suavemente desde el óculo de su imponente cúpula, simbolizando el descenso del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los Apóstoles, tal como se narra en el segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles. Esta tradición, conocida como la “lluvia de pétalos” o “Domenica delle Rose”, constituye uno de los momentos más emotivos y fotográficos del calendario litúrgico romano.

El Panteón, construido originalmente en el siglo II a.C. por Marco Vipsanio Agripa y reconstruido por el emperador Adriano, es el edificio antiguo mejor conservado del mundo. En el año 609 d.C., el emperador bizantino Focas lo donó al papa Bonifacio IV, quien lo consagró como iglesia cristiana dedicada a todos los mártires. Esta conversión de templo pagano a basílica cristiana permitió que antiguas costumbres se entrelazaran con la liturgia católica. Históricamente, el domingo posterior a la Ascensión, el Papa celebraba allí la misa estacional. Durante la homilía anunciaba la próxima fiesta de Pentecostés y, como signo visible, se dejaban caer pétalos de rosas desde la gran abertura central del techo.

Aunque la presencia papal ya no forma parte del rito actual, la tradición se mantiene viva y llena de significado. La lluvia de pétalos se realiza el domingo de Pentecostés, después de la Misa Solemne que suele comenzar a las 10:30 a.m. Los bomberos de Roma (Vigili del Fuoco) son los encargados de subir a la cúpula, a una altura de 43 metros, y lanzar decenas de miles de pétalos rojos a través del óculo de 9 metros de diámetro. El espectáculo se acompaña frecuentemente con el canto del himno Veni Sancte Spiritus o Veni Creator Spiritus por parte del Coro de la Basílica y la Banda de los Bomberos. Los pétalos caen lentamente, creando un momento de silencio reverente que pronto se convierte en admiración y aplausos entre los fieles y visitantes.

Esta hermosa tradición de la lluvia de pétalos en el Panteón de Roma fue suspendida durante siglos y se recuperó en 1995 gracias al impulso del arzobispo Antonio Tedesco. Desde entonces, se ha consolidado como uno de los momentos más esperados de Pentecostés, atrayendo a cientos de fieles y visitantes que hacen fila desde temprano para conseguir un lugar dentro del templo. El rojo intenso de los pétalos evoca las “lenguas de fuego” del Espíritu Santo, recordando el nacimiento de la Iglesia y el don de los carismas que dieron valentía a los Apóstoles para anunciar el Evangelio.

Más allá de su gran valor estético, esta costumbre invita a la reflexión en un mundo acelerado y secularizado. Los pétalos que cubren el suelo al final del rito simbolizan que la gracia del Espíritu Santo desciende sobre todos sin distinción, cumpliendo la promesa de Jesús: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros” (Hch 1,8). En Roma, esta lluvia de belleza se convierte en un testimonio de continuidad, creatividad pastoral y fe encarnada, inspirando a creyentes y no creyentes por igual a abrirse al Espíritu Santo, fuente de unidad, consuelo y misión.

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