Por más de una hora, el vampiro de F.W. Murnau volvió a proyectar su sombra centenaria sobre los muros coloniales del Museo Robert Brady, mientras el trío cuernavaquense Hierophan tejía un ritual de sonido y penumbra. Bajo el ciclo SOUNDSCREEN: Musicalización de cine mudo, la agrupación ofreció una experiencia sensorial hipnótica: la musicalización en vivo del clásico Nosferatu (1922), un filme que, a más de un siglo de su estreno, sigue latiendo entre las arterias del expresionismo y el miedo.
El público llenó la sala con expectación reverente. No había butacas numeradas ni protocolos formales: solo el silencio expectante de quienes sabían que estaban a punto de presenciar algo más que una función de cine. Frente a la pantalla, el trío se desplegó lateralmente —la guitarra a un costado, el bajo y el teclado al otro—, casi ocultos entre penumbras y luces que respiraban en sincronía con la película. Rojo, azul, violeta… cada cambio cromático parecía dialogar con los gestos del conde Orlok, el vampiro silente que en esta ocasión encontró en Cuernavaca una nueva banda sonora para su maldición eterna.
Hierophan no recurre a clichés góticos. Su sonido, definido por ellos mismos como rock noir, habita un territorio más abstracto y emocional. Desde los primeros compases, el grupo evitó el camino del acompañamiento literal y se sumergió en un diálogo atmosférico con la película. Los sonidos electrónicos, las texturas tímbricas y los efectos de guitarra procesada sustituyeron al viejo piano del cine mudo, evocando la sensación de un sueño febril, donde el terror es también belleza.
A cada aparición de Orlok, la música se convertía en una especie de respiración amplificada. Un zumbido grave acompañaba su sombra al subir las escaleras; un eco metálico se expandía con cada giro de cámara. El bajo, profundo y ritual, marcaba el pulso de lo inevitable, mientras los sintetizadores construían paisajes sonoros que parecían surgir del propio castillo del vampiro. La guitarra, a ratos disonante, a ratos melancólica, tejía un hilo emocional entre la imagen y la imaginación del espectador.


El resultado fue una comunión entre imagen y sonido, una reinterpretación que hizo de Nosferatu algo completamente nuevo sin traicionar su esencia, anque en ocasiones nos debieron un poco más de matiz. Lo que en 1922 se acompañaba con piano improvisado, hoy se transforma, en manos de Hierophan, en una experiencia multisensorial donde la oscuridad se vuelve contemporánea, tangible, necesaria.
Hierophan no solo musicalizó una película: la resucitó. Lo hizo con la fuerza del rock, la delicadeza de la experimentación electrónica y una poética oscura que parecía brotar del propio subsuelo de Cuernavaca. En esa noche, entre luces y sombras, Nosferatu volvió a respirar, y lo hizo al ritmo de un trío que entiende que el arte, cuando se atreve a mirar la oscuridad de frente, sigue siendo la forma más pura de la vida.

El ciclo terminará este 13 de diciembre en el museo Robert Brady donde la banda musicalizará The avening conscience, de D. W.Griffith (1914). Boletos a la venta.
