En las aceras de Bad Friedrichshall y otras ciudades del sur de Alemania, a finales de 2025 ha surgido una escena que desafía la lógica cotidiana: grupos de personas caminan con correas y arneses, deteniéndose ante céspedes y bancas como si sus compañeros caninos estuvieran olfateando o haciendo sus necesidades. Sin embargo, no hay rastro de ladridos ni de pelaje. La novedad que ha capturado la atención en redes sociales y medios de comunicación internacionales se llama “hobby dogging”, una práctica que consiste en pasear, “entrenar” y dar órdenes a perros imaginarios, emulando con gestos y objetos lo que sería una caminata con un animal real.
El fenómeno tiene su epicentro en Bad Friedrichshall, en el estado de Baden-Württemberg, donde entrenadores caninos como Barbara Gerlinger, de 65 años, han comenzado a ofrecer talleres y encuentros dedicados a este pasatiempo inusual. Según reportes de medios alemanes, Gerlinger adaptó la idea del “hobby horsing” —donde los participantes simulan cabalgar caballos de juguete— al mundo canino: con una correa vacía en la mano, los asistentes recorren circuitos de agilidad, realizan ejercicios de obediencia y hasta repiten comandos como “siéntate” o “junto” mientras ejecutan movimientos corporales que imitan la respuesta de un perro imaginario.
La actividad, que en su origen pudo parecer una broma o un experimento lúdico, ha trascendido rápidamente en plataformas como TikTok e Instagram, donde los videos de caminantes “sostenidos por nada” acumulan millones de reproducciones y comentarios de asombro. Algunos usuarios celebran la creatividad y el humor detrás de la práctica, otros la ridiculizan o la consideran un síntoma de tiempos extraños en los que las fronteras entre entretenimiento y performance social se difuminan.
Pero más allá de la viralidad, quienes promueven el hobby dogging defienden sus virtudes: desde una forma accesible de promover actividad física ligera sin las responsabilidades económicas ni logísticas de tener una mascota real, hasta una herramienta de entrenamiento corporal y mental. Expertos consultados por medios europeos señalan que la concentración requerida para sostener la ficción de un compañero animal puede funcionar como una especie de ejercicio de mindfulness o de entrenamiento de la postura, la voz y la atención, una práctica con paralelos en ejercicios de visualización terapéutica.
La recepción social no ha sido unánime. En foros y comentarios de redes, abundan las críticas que ven la tendencia como una extravagancia lúdica sin propósito claro, mientras que otros la interpretan como una respuesta creativa a contextos de soledad urbana o de necesidad de rutinas que estructuren el día sin compromisos pesados. No faltan comparaciones humorísticas con tradiciones culturales o menciones a modas anteriores de simulación imaginaria, ni debates sobre hasta qué punto este tipo de actividades expresan una búsqueda sincera de bienestar o simplemente una curiosidad pasajera amplificada por el efecto de los algoritmos.
En Occident, la nouvelle tendance est se promener avec des chiens invisibles, le « hobby dogging » ou chien de passe-temps. 🐶
— Benoit Martin (@benoitm_mtl) October 27, 2025
Plusieurs avantages : sauver la planète et fini le ramassage de 💩
*sous-titres inutiles pic.twitter.com/kGkzYORVLp
Desde una perspectiva más amplia, el hobby dogging refleja cómo, en una era dominada por lo viral y lo performativo, incluso las prácticas más insólitas pueden encontrar un nicho significativo, desafiar normas sobre la interacción social en espacios públicos y provocar conversaciones sobre salud mental, creatividad y los límites del ocio contemporáneo. Si esta tendencia se consolidará más allá de su carácter viral sigue siendo una pregunta abierta, pero lo cierto es que, por ahora, Alemania se ha convertido en el epicentro de un fenómeno que cuestiona, con humor y desconcierto, lo que entendemos por “realidad” en nuestros hábitos cotidianos.