El incómodo momento que se vivió al final del 76º Congreso de la FIFA en Vancouver resume mejor que muchos discursos la compleja relación entre deporte y política. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, llamó al escenario a Jibril Rajoub, máximo dirigente de la Federación Palestina de Fútbol, y a Basim Sheikh Suliman, vicepresidente de la Federación Israelí de Fútbol, con la intención de generar un gesto de reconciliación: un apretón de manos o al menos una foto juntos que simbolizara que el fútbol está por encima de los conflictos.
Rajoub rechazó de forma clara la invitación. Se alejó, protestó fuera de micrófono y abandonó el escenario mientras Infantino intentaba, sin éxito, acercarlos. Según la vicepresidenta palestina Susan Shalabi, Rajoub manifestó que no podía estrechar la mano de alguien que, a su juicio, representaba una política de “fascismo y genocidio”. Posteriormente, el propio Rajoub explicó que no estaba dispuesto a participar en un acto simbólico mientras considera que no existen condiciones reales de igualdad ni avances en el terreno humanitario y político.
Este episodio no es aislado. Durante el congreso, Rajoub volvió a denunciar la presencia de equipos israelíes en asentamientos de Cisjordania, una cuestión que la Federación Palestina ha elevado repetidamente ante la FIFA, solicitando protección y sanciones. Israel, por su parte, defiende que el fútbol debe mantenerse al margen de la política y rechaza las acusaciones de violación de estatutos.
Infantino, fiel a su estilo, ha insistido durante años en que “el fútbol une a las personas” y que la FIFA no puede resolver conflictos geopolíticos, pero sí puede promover valores de paz, diálogo y esperanza, especialmente entre los más jóvenes. Poco después del fallido gesto, el suizo anunció su intención de buscar la reelección en 2027, presentándose como un líder que defiende la universalidad del fútbol.
Sin embargo, el rechazo de Rajoub pone de manifiesto los límites reales de la diplomacia deportiva. Cuando una de las partes percibe que el sufrimiento es asimétrico y que los gestos simbólicos no van acompañados de cambios concretos en el terreno, estos actos pueden interpretarse más como una foto publicitaria que como un avance genuino. El deporte ha logrado en el pasado momentos de distensión (como el histórico apretón de manos de 2015 entre ambas federaciones), pero la escalada del conflicto desde octubre de 2023 ha endurecido posiciones y reducido el espacio para este tipo de simbolismos.
Es legítimo que la FIFA promueva el diálogo y rechace la politización excesiva del fútbol. Permitir que cualquier conflicto nacional paralice la actividad deportiva global abriría una caja de Pandora peligrosa. No obstante, también es comprensible que dirigentes como Rajoub consideren hipócrita posar sonrientes mientras denuncian lo que perciben como una situación de ocupación y sufrimiento humanitario grave.
El fútbol no puede resolver la cuestión palestino-israelí. Ni Infantino ni ningún dirigente deportivo tiene la capacidad de imponer la paz donde los gobiernos y las sociedades no la construyen. Pero sí puede —y debe— mantener espacios de competencia limpia, respetar sus propios estatutos y evitar que se utilice el deporte como herramienta de propaganda por ninguna de las partes.
El incidente de Vancouver deja una lección clara: los gestos forzados rara vez funcionan cuando la brecha de confianza es tan profunda. La verdadera unidad a través del deporte solo será posible cuando exista voluntad política real de ambas partes para avanzar hacia soluciones concretas que permitan a niños y jóvenes de la región jugar sin miedo y sin que el balón cargue con el peso de la historia.Por ahora, el fútbol mundial se queda con la imagen de un apretón de manos que no ocurrió y con la certeza de que, en temas tan sensibles, el simbolismo sin sustancia suele generar más rechazo que esperanza.