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La ciencia de Harvard tras el café y la salud cerebral

Investigaciones recientes de la Universidad de Harvard sugieren que el consumo habitual de café no solo mejora el estado de alerta a corto plazo, sino que actúa como un agente neuroprotector a largo plazo. Gracias a su alta concentración de polifenoles y compuestos antiinflamatorios, esta bebida podría ser una herramienta clave para reducir significativamente el riesgo de padecer demencia, Alzheimer y Parkinson, siempre que se mantenga dentro de un consumo moderado y consciente.
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Durante décadas, el café fue visto con recelo por la medicina, asociándolo erróneamente con problemas cardíacos o hipertensión. Sin embargo, los estudios de cohortes de Harvard han dado un giro de 180 grados a esta percepción. El cerebro es un órgano metabólicamente muy activo que genera una gran cantidad de subproductos oxidativos. Aquí es donde entra el café: es la principal fuente de antioxidantes en la dieta occidental, superando incluso a muchas frutas y verduras en el consumo diario promedio. Estos antioxidantes ayudan a neutralizar los radicales libres que, de otro modo, dañarían las neuronas y acelerarían el envejecimiento cognitivo.

Uno de los mecanismos más fascinantes reside en cómo la cafeína interactúa con los receptores de adenosina. Al bloquearlos, no solo evita que sintamos cansancio, sino que también estimula la producción de factores neurotróficos derivados del cerebro (BDNF). Estas son proteínas que actúan como “fertilizante” para las neuronas, promoviendo la plasticidad sináptica y la supervivencia celular. En términos sencillos, el café ayuda al cerebro a mantenerse flexible y capaz de reparar conexiones dañadas, un factor crítico para prevenir el deterioro cognitivo que precede a la demencia.

La conexión metabólica y la inflamación

Otro pilar fundamental de los hallazgos de Harvard es la relación entre el café y el metabolismo de la glucosa. Se ha demostrado que el consumo regular de café mejora la sensibilidad a la insulina. Dado que la diabetes tipo 2 es uno de los factores de riesgo más potentes para desarrollar la llamada “diabetes tipo 3” (una forma de referirse al Alzheimer debido a la resistencia a la insulina en el cerebro), el café protege la mente de forma indirecta pero poderosa. Al mantener a raya el azúcar en sangre, se reduce la neuroinflamación, ese estado de inflamación crónica de bajo grado que “quema” las facultades mentales con el paso de los años.

Además, los científicos han identificado compuestos específicos como los fenilindanos, que se forman durante el proceso de tostado de los granos. Estos compuestos tienen la capacidad única de impedir que las proteínas beta-amiloide y tau se agrupen en el cerebro. Estas proteínas son las responsables de las “placas” y “ovillos” que caracterizan el tejido cerebral de los pacientes con Alzheimer. Por lo tanto, el café no solo protege el funcionamiento diario, sino que interviene físicamente contra la acumulación de desechos tóxicos en el sistema nervioso.

El arte de la moderación y el hábito

No obstante, los expertos de Harvard son claros: el beneficio sigue una curva en forma de “U” invertida. El punto óptimo se sitúa generalmente entre las 3 y 5 tazas diarias. Superar esta cantidad puede elevar los niveles de cortisol (la hormona del estrés) o interferir con el ciclo de sueño profundo, el cual es el momento en que el cerebro activa su sistema glinfático para “limpiar” las toxinas del día. Un consumo excesivo que sacrifique el descanso terminaría siendo contraproducente para la memoria.

Asimismo, la calidad de lo que añadimos a la taza es crucial. El beneficio observado en los estudios se refiere principalmente al café negro o con una mínima cantidad de leche. El uso excesivo de siropes, azúcares refinados y cremas artificiales puede anular las propiedades antiinflamatorias del café, transformando una bebida saludable en un postre metabólicamente dañino. La clave, según los investigadores, reside en la constancia a lo largo de los años y en la integración del café dentro de un estilo de vida saludable.

Asi que, el café ha pasado de ser un simple estimulante a ser reconocido como una bebida funcional con efectos profundos en la longevidad cerebral. La evidencia de Harvard respalda que su consumo regular es una estrategia sencilla, accesible y placentera para fortalecer nuestra reserva cognitiva. Al protegernos contra la inflamación, el daño oxidativo y la acumulación de proteínas tóxicas, el café se consolida como un aliado indispensable frente al avance de la demencia. Así que, cuidar nuestra mente mañana podría ser tan placentero como disfrutar de una buena taza de café hoy.

Y México no solo es un gran consumidor, sino uno de los productores de café de especialidad más respetados del mundo, lo que nos da una ventaja competitiva para nuestra salud cerebral.

En México, el consumo de café adquiere una dimensión de frescura y calidad que potencia sus beneficios. Las mejores regiones productoras se encuentran en el “Cinturón del Café”, destacando estados como Chiapas, Oaxaca y Veracruz, seguidos por Puebla y Guerrero. Gracias a su cultivo en altitudes elevadas (café de altura), el grano desarrolla una mayor concentración de compuestos orgánicos y antioxidantes que los cafés de llanura, lo que lo convierte en un aliado aún más potente para la salud neuronal.

La temporada de cosecha en México ocurre principalmente entre noviembre y marzo, siendo este el periodo ideal para adquirir granos recién tostados que conservan intactos sus aceites esenciales y polifenoles. Al elegir café de origen mexicano, preferiblemente de procesos artesanales o de pequeños productores, no solo apoyamos la economía local, sino que garantizamos que estamos consumiendo un producto libre de los procesos industriales agresivos que suelen degradar las propiedades neuroprotectoras que tanto resalta Harvard.

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