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Muere Pedro Friedeberg, el genio irreverente del surrealismo mexicano y del arte contemporáneo

El arte mexicano perdió este jueves a uno de sus creadores más singulares y provocadores. El artista plástico, arquitecto y diseñador Pedro Friedeberg falleció a los 90 años en su residencia de San Miguel de Allende, Guanajuato, según confirmó su familia mediante un comunicado difundido en redes sociales. En el mensaje se informó que el creador murió “rodeado de su familia, con mucho amor y en paz”, cerrando así una de las trayectorias más originales del arte contemporáneo en México
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El arte mexicano perdió este jueves a uno de sus creadores más singulares y provocadores. El artista plástico, arquitecto y diseñador Pedro Friedeberg falleció a los 90 años en su residencia de San Miguel de Allende, Guanajuato, según confirmó su familia mediante un comunicado difundido en redes sociales. En el mensaje se informó que el creador murió “rodeado de su familia, con mucho amor y en paz”, cerrando así una de las trayectorias más originales del arte contemporáneo en México.

Friedeberg fue considerado uno de los últimos grandes representantes del surrealismo en México y una figura indispensable para entender la evolución del arte moderno en el país durante la segunda mitad del siglo XX. Su obra, reconocible por su exuberancia visual, su ironía y su fascinación por los símbolos, combinó pintura, escultura, diseño de mobiliario y arquitectura conceptual, consolidándolo como un creador inclasificable dentro del panorama artístico internacional.

Nacido en Florencia, Italia, el 11 de enero de 1936, en el seno de una familia judía que huía del ascenso del fascismo en Europa, llegó a México siendo niño y creció en la Ciudad de México, país que adoptó como propio y desde el cual desarrolló la totalidad de su carrera artística. Estudió arquitectura, disciplina que influyó profundamente en su obra, caracterizada por estructuras imposibles, laberintos visuales y referencias a templos, escaleras infinitas y espacios imaginarios que desafiaban las leyes de la lógica.

Su talento fue impulsado por el artista Mathias Goeritz, quien lo alentó a abandonar los convencionalismos académicos y explorar una estética radicalmente personal. Pronto se integró a los círculos surrealistas que florecieron en México durante el siglo XX, donde entabló amistad con figuras emblemáticas como Remedios Varo y Leonora Carrington, con quienes compartía la fascinación por los mundos fantásticos, la alquimia simbólica y la libertad creativa frente al arte político dominante de la época.

La obra que lo convirtió en un ícono internacional fue la célebre “Silla Mano”, creada en 1962: una escultura funcional en forma de mano abierta cuya palma sirve de asiento y cuyos dedos se convierten en respaldo y descansabrazos. Tallada originalmente en madera y cubierta con hoja de oro, la pieza se transformó en una de las imágenes más reconocibles del arte mexicano contemporáneo y en un objeto de culto reproducido miles de veces en todo el mundo.

Más allá de esa pieza emblemática, la producción de Friedeberg fue vasta y profundamente experimental. Pintó durante décadas complejas composiciones geométricas y arquitectónicas llenas de patrones repetitivos, símbolos esotéricos, referencias religiosas y juegos ópticos que desafiaban la percepción del espectador. Su estilo combinó elementos del art nouveau, el op art y la arquitectura clásica con una estética barroca y deliberadamente excesiva que lo convirtió en un creador excéntrico y fascinante.

Sus obras fueron exhibidas en museos y colecciones de todo el mundo, desde instituciones en México hasta recintos en Estados Unidos, Europa y Medio Oriente, incluyendo espacios como el Museo de Arte Moderno de Nueva York y el Museo del Louvre en París. A lo largo de su trayectoria también obtuvo premios en bienales internacionales y fue reconocido por el Sistema Nacional de Creadores de Arte en México.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Friedeberg defendió una visión del arte alejada de los discursos políticos o sociales. Para él, el arte debía ser ante todo imaginación, ironía y provocación intelectual. Esa postura lo llevó a integrarse al grupo “Los Hartos”, una corriente que cuestionaba el funcionalismo y el utilitarismo en el arte, defendiendo la creatividad libre y el absurdo como formas de expresión estética.

Con su muerte, el arte mexicano despide a uno de sus espíritus más irreverentes y originales. Pedro Friedeberg deja tras de sí una obra monumental que desafió las categorías tradicionales y que convirtió la fantasía, el humor y el exceso visual en una forma de pensamiento artístico. Su legado perdura no solo en museos y colecciones, sino en la influencia que ejerció sobre generaciones de artistas que aprendieron de él que el arte, antes que nada, es un territorio de libertad absoluta.

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