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MURMURACIONES / AMIGOS Y CONSENSOS

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Que en una reunión entre amigos coincidieron nombres que suelen moverse en bandos distintos: David Olivo Arrieta, coordinador nacional de Proyectos Prioritarios de Movimiento Ciudadano; Miguel Ángel Mancera, ex jefe de Gobierno capitalino; Ricardo Anaya Cortés, senador panista y ex candidato presidencial; Miguel Márquez Márquez, senador y ex gobernador de Guanajuato, y Damián Zepeda, ex senador y ex dirigente nacional del PAN.

Que, lejos de la confrontación habitual en tribuna, el encuentro dejó sobre la mesa coincidencias de cara al proceso electoral de 2027, con 17 gubernaturas y la totalidad de la Cámara de Diputados en juego. Que quienes los vieron destacan el buen ambiente y la disposición al diálogo entre distintas trayectorias partidistas. Que, dicen, así empiezan a tejerse los acuerdos que después terminan convertidos en consensos. Y que, en política, una reunión entre amigos nunca deja de tener lecturas.

EL NEPOTISMO EN VERACRUZ

Que la gobernadora Rocío Nahle salió a defender a los tres sobrinos de Andrés Manuel López Obrador colocados en su gobierno, con el argumento de que “no son mi familiar”. Que, según esa lógica, el nepotismo sólo aplicaría a la línea de sangre directa de quien firma los nombramientos y no a la red completa de un proyecto político. Que llama la atención que la mandataria veracruzana se moleste por “el escándalo” en lugar de transparentar cargos, sueldos y procesos de selección que llevaron a los tres jóvenes a ocupar puestos en su administración.

Que resulta, cuando menos, curioso que Nahle invoque a “Los Yunes” para justificar la colocación de familiares del ex presidente, en un ejercicio de “y los otros también” que deja intacta la pregunta de fondo: ¿por qué tres parientes directos del hombre que la llevó al poder terminaron, todos, trabajando para ella? Que en el oficialismo esperan que el tema no crezca, aunque las explicaciones de la gobernadora, hasta ahora, parecen sumar más leña que agua al debate.

NUEVAS OCURRENCIAS DE TRUMP

Que el gesto de Donald Trump de pintar a México y Canadá con los colores de la bandera estadounidense en un mapa de Norteamérica no parece una ocurrencia aislada, sino otro episodio de una serie de provocaciones simbólicas que incluyen rebautizar Nuevo México como “Nueva América” y al Lago Ontario como “Lago América”. Que llama la atención el silencio diplomático que, hasta ahora, han guardado las cancillerías de México y Canadá frente a un mandatario que utiliza la cartografía y la toponimia como instrumentos de presión política y comercial.

Que quienes siguen de cerca la relación trilateral advierten que estos mensajes, aunque disfrazados de ocurrencia en redes sociales, buscan fijar una narrativa de subordinación territorial en plena discusión de diferencias comerciales con ambos países. Que el desafío para Sheinbaum y Ottawa será no caer en la provocación sin dejar pasar por alto un gesto que, simbólicamente, toca la soberanía de ambas naciones. Que, en tiempos de diplomacia tensa, hasta un mapa puede convertirse en campo de batalla.

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