El 28 de mayo no es una fecha más en el calendario de efemérides internacionales. Nacido en 1987 durante el V Encuentro Mundial de Salud de las Mujeres en Costa Rica, e impulsado decididamente por la Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe (RSMLAC), este día emergió con una meta clara: denunciar las lagunas institucionales y promover el acceso universal a la salud integral junto a los derechos sexuales y reproductivos. Cuatro décadas después, las demandas originales siguen vigentes, pero el foco se ha expandido hacia una crisis silenciosa e igual de letal: el arraigado androcentrismo en la ciencia y la formación médica.
Históricamente, la medicina ha utilizado el cuerpo masculino como el estándar universal de estudio, catalogando la sintomatología y fisiología de las mujeres como “atípica” o, peor aún, reduciendo su salud exclusivamente a la función reproductiva. Los datos actuales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelan la crudeza de esta brecha: alrededor de 800 mujeres mueren diariamente en el mundo por complicaciones prevenibles relacionadas con el embarazo y el parto. Sin embargo, la desatención médica femenina va mucho más allá de las salas de maternidad.

El ejemplo más documentado de este sesgo se encuentra en las enfermedades cardiovasculares. Aunque constituyen la principal causa de muerte en mujeres a nivel global, los infartos femeninos suelen manifestarse con náuseas, fatiga, dolor de espalda o mandíbula, alejándose del clásico dolor opresivo en el brazo izquierdo observado en hombres. Al no encajar en los libros de texto tradicionales, las quejas de las pacientes se minimizan o se diagnostican erróneamente como crisis de ansiedad. En consecuencia, las mujeres tardan más en recibir terapia de reperfusión y enfrentan una mayor mortalidad hospitalaria tras un evento coronario agse.
Esta disparidad se replica en la vulnerabilidad al VIH —donde factores biológicos y desigualdades estructurales de género elevan el riesgo de infección— y en el cáncer cervicouterino, una enfermedad totalmente prevenible que sigue cobrando miles de vidas por la falta de infraestructura y programas de tamizaje oportunos en regiones vulnerables. Durante años, se excluyó a las mujeres de los ensayos clínicos bajo el pretexto de “protegerlas” o de no alterar los resultados con las fluctuaciones de sus ciclos hormonales, dejando un vacío científico sobre cómo metabolizan los fármacos o experimentan reacciones adversas.

La conmemoración de este día exige transformar la práctica médica desde la raíz. No basta con reaccionar ante la enfermedad; es imperativo incluir la perspectiva de género de manera obligatoria en los planes de estudio de las facultades de medicina, en los protocolos de prevención y en la investigación científica. La salud de las mujeres no puede seguir siendo un apéndice de la norma masculina ni limitarse al ámbito obstétrico. Garantizar una atención con perspectiva de género es, ante todo, un acto de justicia social y un derecho humano fundamental.
