Hoy, 10 de mayo de 2026, México vive el Día de las Madres de forma profundamente desigual. Para muchas familias es una fecha de cariño, regalos y reuniones. Para miles de mujeres, se trata de un recordatorio anual del dolor más cruel: la ausencia de un hijo o una hija que no regresa.
Desde temprano, colectivos de madres buscadoras se concentraron en el Monumento a la Madre en la Ciudad de México. Allí iniciaron la XIV Marcha por la Dignidad Nacional, bajo el lema “Madres buscando a sus hijos e hijas, verdad y justicia”. Alrededor de las 10:00 horas partieron por Paseo de la Reforma hacia el Ángel de la Independencia, cargando pancartas, fotografías y la consigna “¡Hasta encontrarles!”. Madres de Chihuahua, Michoacán, Veracruz y otros estados llegaron a la capital para unirse a esta movilización que ya cumple catorce años.
Su lucha visibiliza una de las crisis humanitarias más graves de México en las últimas décadas: la desaparición de personas. De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), actualizado a marzo-abril de 2026, en el país se registran más de 132,500 personas desaparecidas o no localizadas. De un total histórico superior a 394,000 registros desde 1952, alrededor de 132,534 permanecen sin ser localizadas. Las autoridades han intentado depurar la base de datos, separando casos con actividad posterior (como trámites bancarios o administrativos), registros con datos insuficientes y aquellos considerados activos.
Sin embargo, para las familias, estas cifras burocráticas no cambian la realidad diaria: siguen sin saber dónde están sus seres queridos, si viven o murieron, y si algún día podrán darles sepultura digna. La marcha de este año cobra especial significado porque ocurre en el contexto de un gobierno que ha prometido fortalecer las búsquedas, pero que aún enfrenta críticas de colectivos y organizaciones de derechos humanos por la lentitud en las investigaciones, la falta de avances en fiscalías y la persistencia de la impunidad.
Muchas madres han relatado en repetidas ocasiones cómo han tenido que realizar ellas mismas labores de búsqueda en zonas de alto riesgo, excavar en fosas clandestinas o presionar a autoridades para que actúen. No se trata solo de números. Detrás de cada expediente hay historias concretas: jóvenes que salieron un día a trabajar, estudiantes que nunca regresaron de la escuela, migrantes que desaparecieron en el camino.
Hay madres que llevan más de una década en esta lucha, como aquellas que buscan desde 2009 o incluso antes. Han enfrentado burocracia, negligencia, amenazas y, en algunos casos, la criminalización de su protesta. Aun así, continúan organizadas, creando brigadas de búsqueda, exigiendo la creación de leyes más efectivas y manteniendo viva la memoria.
Esta XIV Marcha no es un evento aislado. Forma parte de un movimiento nacional e internacional de familias que se niegan a normalizar la desaparición como parte del paisaje mexicano. Organizaciones como Amnistía Internacional y diversos centros de derechos humanos han acompañado estas movilizaciones, destacando que la búsqueda de personas desaparecidas debe ser una obligación estatal prioritaria, no una labor que recae exclusivamente en las víctimas.
El contraste de este día duele porque revela una herida que sigue abierta en la sociedad. Mientras la publicidad invita a celebrar “el amor más grande del mundo”, miles de madres viven con el corazón roto, durmiendo con la incertidumbre y despertando con la misma pregunta sin respuesta. Su presencia en las calles es un recordatorio incómodo pero necesario: no podemos hablar de progreso como país mientras existan miles de familias incompletas.
Estas mujeres no piden lástima. Exigen verdad, justicia, recursos para la búsqueda, identificación de restos y castigo a los responsables, sean delincuentes o funcionarios omisos. Han transformado el dolor más íntimo en una fuerza colectiva digna que inspira respeto incluso entre quienes no comparten su causa.
Hasta que cada persona desaparecida sea localizada —en vida o con dignidad en la muerte—, días como el 10 de mayo seguirán teniendo dos caras en México. Para unas, celebración. Para otras, resistencia. Y mientras eso no cambie, ellas seguirán marchando, porque el amor de madre, cuando le arrebatan lo más preciado, se vuelve incansable e indomable.