El Tren Ligero, uno de los sistemas de transporte más usados del sur de la Ciudad de México, acumula años de fallas recurrentes, mantenimiento diferido y una evidente falta de inversión estructural. Mientras las autoridades presumen estadios listos y una fiesta mundial, la movilidad cotidiana de los capitalinos sigue dependiendo de una infraestructura frágil que se descompone con frecuencia.
Lo más preocupante no es solo el cable roto, sino la normalización de estas contingencias. Pasajeros caminando sobre las vías, trenes detenidos y soluciones de último minuto se han vuelto parte del paisaje urbano.
Hoy, con el mundo a punto de enfocar sus cámaras en México, estas fallas adquieren un peso simbólico mucho mayor. El Tren Ligero no es un sistema cualquiera: es la columna vertebral de la movilidad para cientos de miles de personas que viven y trabajan en el sur de la capital. Para los aficionados que lleguen al Mundial —mexicanos y extranjeros—, representa la puerta de entrada más directa y económica al Estadio Azteca.
Verlo tambalearse a días del evento no solo genera molestia cotidiana; proyecta una imagen de improvisación que contrasta dolorosamente con las millonarias inversiones en remodelación de estadios y la narrativa oficial de “México listo”.
Lo más grave es la normalización del problema. Cada falla se resuelve con parches: trolebuses de apoyo, comunicados de prensa y promesas de revisión. Mientras tanto, la infraestructura envejece, los cables se desgastan y la inversión en mantenimiento preventivo parece insuficiente. Según reportes históricos, el sistema ha requerido intervenciones mayores en múltiples ocasiones, pero los resultados visibles son limitados.

Es cierto que ningún sistema de transporte está exento de fallas. Sin embargo, cuando estas se repiten con frecuencia y coinciden con un evento de la magnitud del Mundial, dejan de ser accidentes técnicos para convertirse en fallas de planeación. Las autoridades han presumido la entrega de estaciones renovadas y obras de ampliación, pero los hechos de esta mañana demuestran que la rehabilitación ha sido más cosmética que estructural.
Faltan recursos destinados a la renovación integral de la catenaria, los sistemas de señalización y el parque vehicular. También hace falta mayor transparencia en el uso de los presupuestos asignados.
La lección es clara: organizar un Mundial exitoso requiere más que estadios relucientes y ceremonias espectaculares. Exige que la ciudad funcione para su gente todos los días, no solo para los reflectores. Los capitalinos merecen un Tren Ligero confiable, moderno y seguro.
Los visitantes que lleguen en las próximas semanas merecen llegar a tiempo al partido sin vivir una odisea. Urge un cambio de enfoque. No más soluciones temporales ni comunicados tranquilizadores. Se necesita un programa integral de rehabilitación a mediano y largo plazo, con inversión sostenida, supervisión ciudadana y rendición de cuentas. Porque México sabe organizar grandes eventos, pero también debe demostrar que puede mantener lo básico: que el tren, simplemente, llegue.