En las noches de 2020, millones de personas se quedaban despiertas deslizando el dedo por pantallas iluminadas. Cada vez que actualizaban la pantalla aparecían nuevos casos de contagio, muertes, protestas o anuncios políticos. Lo que empezó como una necesidad legítima de información se convirtió en un bucle: más noticias malas, más malestar, más ganas de seguir mirando. Ese patrón tiene nombre: doomscrolling (o doomsurfing).
No se trata simplemente de “estar informado”. Es el consumo compulsivo e ininterrumpido de contenido negativo, trágico o alarmante a través de dispositivos digitales, incluso cuando genera ansiedad, cansancio o sensación de impotencia. La diferencia es crucial: el primero busca entender; el segundo busca, sin darse cuenta, más de lo que duele.
Origen y evolución: de un tuit a palabra del año
El término combina doom (fatalidad, catástrofe) y scrolling (el gesto de deslizar la pantalla). En 2020, durante el confinamiento por COVID-19, el fenómeno se volvió masivo. Dictionary.com lo eligió como tendencia del mes en agosto de ese año y el Macquarie Dictionary lo nombró palabra del año del comité. Merriam-Webster lo incorporó oficialmente en septiembre de 2023 tras años en su lista de observación.
La pandemia no inventó el comportamiento, pero lo amplificó. El aislamiento, la incertidumbre sanitaria y el flujo constante de datos epidemiológicos crearon cultivo perfecto. Eventos posteriores —protestas de 2020, elecciones, la invasión de Ucrania, la crisis de Gaza— lo mantuvieron vivo. La Organización Mundial de la Salud habló entonces de una “infodemia”: exceso de información, mucha de ella engañosa, que acompañaba a la crisis sanitaria.
El diseño de las plataformas terminó de consolidarlo. Notificaciones push, algoritmos de recomendación y feeds infinitos sin paginación, están optimizados para maximizar el tiempo de permanencia. Lo que antes era “navegar” se transformó en un scroll sin fin.

Por qué ocurre: el cerebro no está preparado para el feed infinito
El doomscrolling no es una simple falta de voluntad. Responde a mecanismos psicológicos y biológicos profundos que, en otro contexto, fueron útiles para la supervivencia.

El sesgo de negatividad. Evolutivamente, el cerebro humano prioriza estímulos amenazantes. Detectar un peligro potencial aumentaba las oportunidades de sobrevivir. Hoy, la avalancha de titulares trágicos se interpreta como amenazas cercanas. Estudios de psicología cognitiva confirman que las personas dedican más atención y recuerdan mejor la información negativa que la positiva.
La ilusión de control. Ante crisis (guerras, desastres, emergencias sanitarias), las personas experimentan pérdida de control. Consumir información en exceso genera la falsa sensación de que “si sé todo, estaré preparado”. Investigaciones durante la pandemia mostraron que la exposición breve a contenido negativo en redes aumentaba el afecto negativo, mientras que el contenido positivo no producía el mismo efecto.
El bucle de dopamina e incertidumbre. Los algoritmos funcionan con refuerzo intermitente, similar al de las máquinas tragamonedas. Cada nuevo dato o “última actualización” genera pequeñas descargas de dopamina. El cerebro busca constantemente la respuesta a la incertidumbre. Harvard Health y especialistas en salud mental describen cómo se mantiene el estado de hipervigilancia: “cuanto más scrolleas, más sientes que necesitas seguir”.
La combinación de estos factores convierte un acto aparentemente racional —informarse— en un ciclo difícil de romper.

Impacto real en la salud mental y física
La exposición prolongada a contenido amenazante activa el sistema nervioso simpático (respuesta de lucha o huida) y eleva cortisol y adrenalina. Los efectos documentados son consistentes en estudios recientes:
Consecuencias psicológicas
- Aumento de ansiedad generalizada y sensación de alerta permanente.
- Desesperanza aprendida y fatiga por compasión: la percepción de que el mundo es hostil y que los problemas no tienen solución.
- Mayor riesgo de síntomas depresivos, irritabilidad y anhedonia (pérdida de interés en actividades placenteras). Investigaciones publicadas asocian el doomscrolling con mayor distress psicológico, menor bienestar mental y síntomas de estrés postraumático en algunos contextos.
Consecuencias físicas y de estilo de vida
- Alteraciones del sueño: revisar el teléfono antes de dormir retrasa el inicio del sueño; la luz azul inhibe la melatonina y el contenido estresante mantiene el cerebro hiperalerta. Se habla incluso de “procrastinación del sueño” (sleep procrastination).
- Sedentarismo y pérdida de horas de actividad física o social.
- Deterioro de las relaciones presenciales y mayor aislamiento.
Mayo Clinic Press y Harvard Health advierten que el hábito puede reforzar la creencia de que el mundo es más peligroso de lo que realmente es, un fenómeno cercano al “síndrome del mundo malo” descrito décadas atrás en relación con la televisión.

Cómo romper el ciclo: higiene digital respaldada por evidencia
La psicología clínica no recomienda aislarse por completo de la actualidad. Sí recomienda autorregulación. Las estrategias con mayor respaldo incluyen:
| Ámbito | Estrategia recomendada |
|---|---|
| Control de límites | Establecer temporizadores de uso en apps de noticias y redes sociales. |
| Pausas deliberadas | Definir una “hora de corte” digital (por ejemplo, no mirar pantallas 1-2 horas antes de dormir). |
| Filtrado de contenido | Silenciar palabras clave, cuentas o hashtags que detonen ansiedad innecesaria. |
| Sustitución de hábitos | Reemplazar el scroll por actividad física, lectura en papel o meditación. |
| Atención plena | Antes de abrir la app, preguntarse: “¿Qué busco realmente y cómo me siento ahora?” |
El doomscrolling no desaparecerá mientras existan crisis y plataformas diseñadas para retener atención. Lo que sí puede cambiar es la relación que cada persona establece con la información. Estar informado sigue siendo valioso. Quedarse atrapado en el scroll de la fatalidad, no. La diferencia entre ambos se construye con límites concretos, conciencia de los propios mecanismos cerebrales y la decisión cotidiana de mirar más allá de la pantalla.
