En México, la expresión popular “febrero loco y marzo otro poco” no es una exageración retórica sino la descripción empírica de un periodo de marcada variabilidad atmosférica. Estos dos meses representan una etapa de transición estacional en el hemisferio norte, cuando el invierno comienza a ceder terreno ante la primavera, pero sin retirarse del todo. El resultado es un patrón climático inestable, con cambios bruscos de temperatura, rachas intensas de viento, lluvias atípicas y, en algunas regiones, incluso granizadas.
De acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional, febrero y marzo forman parte del tramo final de la temporada invernal, que oficialmente concluye alrededor del 20 o 21 de marzo con el equinoccio de primavera. Durante estas semanas persisten los frentes fríos que descienden desde América del Norte, impulsados por masas de aire polar o ártico. Estos sistemas pueden provocar descensos significativos de temperatura, especialmente en el norte, el altiplano y el centro del país, así como eventos de “nortes” intensos en el litoral del Golfo de México.

Sin embargo, al mismo tiempo, la radiación solar comienza a intensificarse conforme el Sol gana altura sobre el horizonte. La duración del día aumenta progresivamente y la superficie terrestre se calienta con mayor rapidez durante las horas diurnas. Esta combinación —masas de aire frío interactuando con un ambiente que empieza a calentarse— genera contrastes térmicos más pronunciados. En un mismo día pueden registrarse mañanas frías y tardes notablemente cálidas, con diferencias de más de 15 grados Celsius en algunas ciudades del altiplano mexicano.
La inestabilidad atmosférica propia de la transición estacional también favorece la formación de vientos fuertes. En febrero y marzo es común la presencia de corrientes en chorro y sistemas de baja presión que intensifican las rachas, particularmente en el norte y noreste del país. En el centro, incluida la región del Valle de México, los cambios súbitos en la dirección y velocidad del viento suelen acompañarse de nubosidad variable y, en ocasiones, chubascos aislados.

Otro factor determinante es el debilitamiento gradual de los sistemas invernales y la aparición incipiente de condiciones más propias de la temporada seca cálida. En gran parte del territorio nacional, marzo marca el inicio de un periodo con menor precipitación acumulada, pero con mayor riesgo de tormentas convectivas aisladas debido al calentamiento diurno. Estas tormentas pueden desarrollarse rápidamente y provocar lluvias intensas de corta duración, descargas eléctricas e incluso caída de granizo.
El fenómeno tiene además una explicación astronómica. El equinoccio de primavera, que ocurre alrededor del 20 o 21 de marzo, señala el momento en que el día y la noche tienen prácticamente la misma duración. Antes de ese punto, el hemisferio norte aún recibe una menor cantidad de radiación solar que en verano, pero ya experimenta un incremento sostenido respecto a diciembre