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Diego Luna en Cannes: “Ceniza en la boca”, un puñado de ausencias que arden con dignidad

Con una ovación de pie de casi cinco minutos, Diego Luna regresó al Festival de Cannes como director con Ceniza en la boca, una película íntima y valiente que transforma el dolor migrante en una experiencia cinematográfica profunda. Lejos de discursos grandilocuentes, Luna entrega un relato de fracturas familiares y desarraigo que confirma su madurez autoral y coloca al cine mexicano, una vez más, en el centro de la conversación global.
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En el segundo día de la 79ª edición del Festival de Cannes, el cine mexicano volvió a latir con fuerza. No fue con estridencias ni con estrellas de Hollywood, sino con la sensibilidad contenida de Diego Luna, quien presentó Ceniza en la boca (Ashes) en la sección de Proyecciones Especiales. La respuesta del público fue inmediata y elocuente: casi cinco minutos de aplausos de pie, un reconocimiento que trasciende la mera cortesía festivalera y habla de una conexión emocional genuina.

Adaptada de la novela homónima de Brenda Navarro, la película sigue a Lucila (Anna Díaz), una joven mexicana que viaja con su hermano pequeño a Madrid para reencontrarse con su madre (Adriana Paz), quien los abandonó ocho años atrás en busca de una vida mejor. Lo que debería ser un reencuentro sanador se convierte en un proceso doloroso de confrontación con la ausencia, la culpa, el racismo cotidiano en Europa y la dificultad de reconstruir lazos cuando el tiempo y la distancia han erosionado la intimidad. Luna no juzga a los personajes; los observa con una compasión adulta, casi paternal, que revela su propia evolución como cineasta y como hombre.

Esta no es la ópera prima de Luna —quien ya había dirigido Abel (2010)—, pero sí representa su retorno a la dirección de ficción después de 16 años. Y llega con una madurez notable. Lejos de las trampas del melodrama fácil o del realismo social panfletario, Ceniza en la boca apuesta por un estilo austero, lleno de silencios, miradas y espacios vacíos que pesan tanto como las palabras.

La fotografía y el montaje crean una atmósfera de extrañamiento constante: ni México ni España terminan de sentirse como hogar, y esa tierra de nadie emocional se convierte en el verdadero territorio de la película.

El elenco es uno de sus mayores aciertos. Anna Díaz, en el rol protagónico, entrega una interpretación reveladora: contenida, física, cargada de una rabia sorda que estalla en momentos precisos. Adriana Paz, por su parte, compone una madre compleja, ni villana ni víctima, sino una mujer atrapada entre el instinto de supervivencia y el peso de sus decisiones. Verlas juntas en pantalla es presenciar un duelo generacional interpretativo de alto nivel.

El evento en Cannes adquirió un sabor especial por la presencia de viejos compañeros de ruta. Gael García Bernal, productor ejecutivo y amigo de toda la vida, estuvo en la sala como “fan número uno”, y Alfonso Cuarón, desde su butaca, se acercó después a felicitar a Luna con visible emoción. Aquel trío de Y tu mamá también —ahora hombres maduros— sigue demostrando que el cine mexicano puede ser, además de arte, un espacio de lealtad y apoyo mutuo.

Más allá del glamour de la Croisette, Ceniza en la boca toca fibras profundamente actuales. En un mundo donde las migraciones se discuten en términos de números, estadísticas y políticas, Luna y Navarro nos recuerdan que detrás de cada cifra hay cuerpos, sueños rotos, madres que se van y hijos que quedan con la boca llena de ceniza.

La película no ofrece soluciones fáciles ni consuelos baratos; propone, en cambio, una mirada honesta sobre el costo humano del desplazamiento y la posibilidad —frágil, pero real— de la reconciliación. Con distribución confirmada en salas en España (Avalon) y Netflix para Latinoamérica (prevista para 2027), Ceniza en la boca tiene el potencial de trascender el circuito festivalero y llegar a un público amplio.

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