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Hallazgo arqueológico en La Lagunilla ayudará a corroborar límites del islote de Tlatelolco

Un rescate arqueológico reciente en la colonia Guerrero, en la zona de La Lagunilla del Centro Histórico de la CDMX, ha arrojado luz sobre la geografía y ocupación prehispánica del antiguo islote de Tlatelolco. Especialistas del INAH anunciaron el hallazgo de una unidad doméstica que incluye tres enterramientos humanos, un tlecuil —un fogón de piedra— y abundante material cerámico
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Un rescate arqueológico reciente en la colonia Guerrero, en la zona de La Lagunilla del Centro Histórico de la Ciudad de México, ha arrojado luz sobre la geografía y ocupación prehispánica del antiguo islote de Tlatelolco. Especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), adscritos a la Dirección de Salvamento Arqueológico (DSA), anunciaron el hallazgo de una unidad doméstica que incluye tres enterramientos humanos, un tlecuil —un fogón de piedra— y abundante material cerámico correspondiente al estilo “Azteca III”.

Las labores de salvamento comenzaron el 6 de octubre y se extenderán hasta el 6 de diciembre de 2025. El predio se ubica sobre el Eje Central Lázaro Cárdenas, en una zona limítrofe con la Zona Arqueológica Tlatelolco. Durante las excavaciones se realizaron nueve unidades de 2 × 2 metros, una cala y un pozo estratigráfico de 3.85 metros de profundidad. En este último se identificaron 24 estratos arcillosos que evidencian intervención humana para nivelar el terreno en al menos tres momentos distintos.

El descubrimiento resulta especialmente relevante porque refuerza la hipótesis de que esa área correspondía a tierra firme y no a un lecho lacustre, como se ha pensado tradicionalmente para gran parte del Valle de México. Esa constatación resulta clave para rescatar la conformación real del islote de Tlatelolco y los meandros que separaban sus asentamientos —entre ellos la zona conocida como Atezcapan— de lo que hoy es La Lagunilla.

Los restos humanos encontrados —un infante de entre dos y cinco años, un neonato de 0 a 3 meses y un subadolescente de entre 12 y 15 años— muestran diversidad de rituales funerarios. El infante estaba acompañado de una ofrenda: una copa bicónica estilo Texcoco, de barro rojo pulido con banda doble negra, así como restos de huesos de animal. El neonato fue hallado en posición de decúbito ventral; el subadolescente en decúbito dorsal fetal. En ninguno de los casos se localizó cráneo, lo que obligará a investigaciones más detalladas de las vértebras cervicales para determinar si hubo prácticas deliberadas o pérdida por deterioro.

Además del fogón y los enterramientos, los arqueólogos recuperaron muros alineados norte-sur, fragmentos de piso y otros elementos arquitectónicos, lo que sugiere una configuración de vivienda doméstica. La cerámica doméstica hallada, junto con malacates, cajetes, vasijas, figurillas antropomorfas, navajillas de obsidiana de diversos tonos y un sello con la representación de un mono asociado al dios del viento Ehécatl, apuntan hacia una ocupación más allá de la mera subsistencia: posiblemente perteneciente a una familia con un nivel socioeconómico medio, no esclavos.

Un dato adicional interesante: no se ha detectado evidencia de ocupación colonial en el sitio. Según la arqueóloga responsable, Jimena Rivera Escamilla, ello sugiere que durante la colonización europea este terreno no fue reutilizado como vivienda, lo que refuerza su valor arqueológico intacto.

Este hallazgo —y las evidencias de tierra firme, arquitectura doméstica, uso cotidiano, y prácticas funerarias— tienen el potencial de redefinir los límites históricos del islote de Tlatelolco, al ampliar su territorio conocido hacia lo que hoy es La Lagunilla. Pero, además, recuperan voces silenciosas: las de infantes y jóvenes cuyos cuerpos descansaban en un hogar modesto, dentro de una comunidad prehispánica que vivió, creció y murió en una geografía que, hasta ahora, apenas comenzamos a comprender.

En un contexto en que la ciudad crece encima de su pasado, estas excavaciones no solo aportan datos arqueológicos, sino memoria y reconocimiento a vidas cotidianas que dieron forma al lugar donde miles habitan hoy. Es un recordatorio —para autoridades, investigadores y ciudadanos— de la necesidad de mirar al subsuelo con respeto, y permitir que esas huellas antiguas informen las decisiones urbanísticas, la memoria colectiva y el patrimonio cultural de la capital.

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