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Muere Vicente Quirarte y deja una obra que hizo de la memoria, la ciudad y la poesía una forma de resistencia

La literatura mexicana perdió a una de sus voces más lúcidas y entrañables. El poeta, ensayista, narrador, dramaturgo, académico e investigador Vicente Quirarte Castañeda falleció este martes 11 de agosto de 2026, en la Ciudad de México, a los 72 años. La noticia fue dada a conocer por su familia y posteriormente confirmada por instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México y El Colegio Nacional
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La literatura mexicana perdió a una de sus voces más lúcidas y entrañables. El poeta, ensayista, narrador, dramaturgo, académico e investigador Vicente Quirarte Castañeda falleció este martes 11 de agosto de 2026, en la Ciudad de México, a los 72 años. La noticia fue dada a conocer por su familia y posteriormente confirmada por instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México y El Colegio Nacional.

Con su muerte desaparece una figura cuya trayectoria desbordó los límites de un solo género. Quirarte hizo de la poesía una forma de mirar el mundo, pero también convirtió la investigación literaria, el ensayo, la narrativa, el teatro y la reflexión sobre la Ciudad de México en territorios desde los cuales exploró la memoria, la historia, el amor, la muerte, la imaginación y la condición humana.

Nacido en la Ciudad de México el 19 de julio de 1954, Quirarte construyó durante más de cuatro décadas una trayectoria estrechamente ligada a la Universidad Nacional Autónoma de México, institución en la que obtuvo el doctorado en Letras Mexicanas en 1998 y donde se desempeñó como profesor e investigador. También fue director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas entre 1999 y 2008 y posteriormente investigador titular.

Su relación con las aulas y con los libros no fue circunstancial. Para Quirarte, enseñar, investigar y escribir formaban parte de una misma vocación: acercarse a la literatura para comprenderla, pero también para compartirla. Su presencia como profesor universitario lo convirtió en una figura cercana para generaciones de estudiantes y lectores que encontraron en sus clases y en sus libros una manera distinta de aproximarse a las letras mexicanas.

Su vocación literaria había comenzado mucho antes de que llegaran los grandes reconocimientos. En 1979 publicó Teatro sobre el viento amado, el libro que marcó el inicio de una trayectoria poética que se extendería durante décadas. Ese mismo año obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco González León. Posteriormente llegarían, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas, el Premio Xavier Villaurrutia y el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde.

En 1991 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por El ángel es un vampiro, reconocimiento que confirmó la singularidad de una escritura capaz de transitar entre la intimidad poética, la reflexión intelectual y una constante fascinación por los claroscuros de la existencia. El registro del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura conserva a Quirarte como ganador de ese galardón.

Su producción poética quedó reunida posteriormente en Razones del samurái, volumen que recogió poemas publicados entre 1979 y 1999. Pero la poesía fue apenas una de las dimensiones de una obra mucho más amplia.

Quirarte dedicó también una parte fundamental de su trabajo a estudiar a otros escritores y a recuperar zonas esenciales de la tradición literaria mexicana. En Peces del aire altísimo abordó la poesía mexicana; en Del monstruo considerado como una de las bellas artes se internó en la literatura fantástica, mientras que en Elogio de la calle: biografía literaria de la ciudad de México, 1850-1992 convirtió la capital del país en materia literaria, histórica y emocional.

Esa relación con la Ciudad de México fue una de las constantes más reconocibles de su obra. Quirarte no se limitó a describir la ciudad: la leyó como si se tratara de un gran libro, poblado por personajes, edificios, recuerdos, tragedias, mitos y voces. En sus páginas, las calles dejaron de ser únicamente espacios físicos para convertirse en lugares donde la memoria personal y la colectiva podían encontrarse.

Su mirada también se dirigió hacia figuras fundamentales de la literatura mexicana. Fue un estudioso de los Contemporáneos y dedicó especial atención a autores como Gilberto Owen. Desde El Colegio Nacional impartió cursos y actividades dedicadas a recuperar la obra y la memoria de escritores que consideraba indispensables para comprender la literatura mexicana.

En 2002 fue elegido miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua para ocupar la Silla XXXI y en 2003 realizó su discurso de ingreso, dedicado a El México de los Contemporáneos. Entre 2015 y 2019 fue secretario de la institución. En 2016 ingresó a El Colegio Nacional, consolidando así una trayectoria que ya era reconocida tanto en el ámbito literario como en el académico.

La dimensión institucional de su carrera, sin embargo, nunca eclipsó al escritor. Quirarte perteneció a esas generaciones de intelectuales para quienes la investigación no significaba alejarse de la literatura, sino profundizar en ella. Su trabajo crítico buscó revelar aquello que permanecía oculto en los textos, establecer diálogos entre autores y épocas y acercar la literatura especializada a un público más amplio.

En 2025 recibió uno de los mayores reconocimientos de su trayectoria: el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024, en el campo de Lingüística y Literatura. El reconocimiento oficial destacó su pensamiento reflexivo y su espíritu poético, así como sus aportaciones como crítico y académico. El acuerdo correspondiente fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el 5 de junio de 2025.

El premio llegó cuando Quirarte ya había construido una obra de largo aliento y una presencia intelectual que trascendía los círculos especializados. Su escritura había logrado algo particularmente difícil: hacer convivir la erudición con la emoción.

En sus libros podían encontrarse referencias históricas, literarias y filosóficas, pero también estaba presente una sensibilidad profundamente humana. El amor, las pérdidas, las obsesiones, la memoria y la muerte fueron asuntos recurrentes en una obra que nunca perdió de vista la fragilidad de la existencia.

La experiencia personal también dejó una huella profunda en su escritura. La muerte de su padre, ocurrida en 1980, y posteriormente la de su hermano Ignacio, en 1998, marcaron una reflexión persistente sobre la pérdida, la memoria y la filiación. De acuerdo con la biografía elaborada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, esas experiencias contribuyeron a abrir en su obra un espacio de preguntas que atravesó libros como Razones del samurái y La invencible.

Pero reducir a Quirarte a la tristeza sería injusto. Su literatura también estuvo habitada por la curiosidad, el humor, la imaginación y una profunda pasión por la vida cultural. Fue un lector atento de su tiempo y, al mismo tiempo, un escritor que dialogó permanentemente con quienes habían escrito antes que él.

La Secretaría de Cultura lo había definido como una figura clave para el estudio de la literatura mexicana contemporánea y destacó su trabajo en poesía, ensayo, narrativa, traducción y crítica literaria. El propio Quirarte había defendido en distintos momentos la importancia de la poesía como una expresión que podía surgir de los materiales más sencillos: una hoja de papel y un instrumento para escribir.

Quizá ahí se encuentra una de las claves de su legado. Frente a la tentación de convertir la literatura en un ejercicio distante y exclusivamente académico, Quirarte insistió en su capacidad para tocar la experiencia cotidiana. La ciudad, una calle, un libro, un recuerdo o una ausencia podían convertirse en materia poética.

Su muerte ocurre pocas semanas después de haber cumplido 72 años y deja a las letras mexicanas ante una ausencia difícil de llenar. Quedan sus poemas, sus ensayos, sus investigaciones, sus libros sobre la ciudad, sus aproximaciones a los grandes autores de la tradición mexicana y, sobre todo, una extensa comunidad de lectores y estudiantes que aprendieron con él que leer también significa mirar de otra manera.

La Academia Mexicana de la Lengua, El Colegio Nacional y la UNAM forman parte de las instituciones que hoy despiden a uno de sus integrantes más destacados. La Universidad Nacional lo ha reconocido como poeta, ensayista y catedrático, mientras que El Colegio Nacional lo incorporó desde 2016 como parte de su comunidad de intelectuales.

Vicente Quirarte se va, pero su obra permanece ligada a aquello que más defendió: la posibilidad de que las palabras sobrevivan al tiempo. En sus libros quedan las ciudades que caminó, los escritores que estudió, las historias que recuperó y las preguntas que nunca dejó de hacerse.

La literatura mexicana despide así a un autor que entendió la escritura no sólo como oficio, sino como una forma de memoria. Y quizá por eso su ausencia no significa silencio absoluto: mientras alguien vuelva a abrir uno de sus libros, recorra con sus palabras una calle de la Ciudad de México o se detenga ante alguno de sus poemas, Vicente Quirarte seguirá conversando con sus lectores desde ese territorio donde, para los escritores verdaderamente perdurables, la muerte nunca consigue decir la última palabra.

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