La tarde noche de este martes marcará una página amarga en la historia reciente de la selección juvenil mexicana. La Selección de México Sub‑17 cayó ante Selección de Portugal Sub‑17 por un contundente 5-0 en los octavos de final del Copa Mundial de Futbol Sub‑17 de la FIFA 2025, quedando eliminada de forma precoz y con una imagen que aqueja más a la espera que al futuro.
Desde los primeros minutos, el panorama se complicó para los de Carlos Cariño. Un penal convertido cerró rápidamente la esperanza inicial, y apenas minutos después, la expulsión de José Navarro terminó por marcar el guion del trámite: jugar con un hombre menos ante un equipo que no tuvo piedad.

Portugal aprovechó el caos que se instaló en el campo mexicano para golpear sin misericordia. El segundo tanto cayó en una ráfaga de tres minutos, provocando que la ilusión que había sido generada tras el pase de México como mejor tercer lugar de grupo y su sorpresiva victoria ante Argentina se tornara en angustia.
El segundo tiempo no ofreció respiro. Los lusos, con plena confianza, liquidaron a los jóvenes mexicanos entre los minutos 81 y 86 con tres goles que enterraron cualquier atisbo de remontada. Para colmo, la expulsión de Santi López, quien había sido héroe apenas en la ronda anterior, terminó por empañar aún más un desempeño colectivo que desde la estrategia y desde la actitud se mostró débil.
Esta derrota deja varias lecturas que no pueden soslayarse. Primero, el castigo severo revela fallos estructurales: cómo un equipo que llegó con ambición se desploma cuando pierde el control del ritmo y se ve superado en intensidad y decisiones. Segundo, la expulsión temprana expone una falta de concentración que resulta imperdonable en instancias de eliminación mundialista. Y tercero, la brecha entre México y los equipos de élite en esta categoría parece ampliarse: más allá del talento individual, pesa la experiencia, la calma y la capacidad de gestión de momentos críticos.
Para México, la eliminación representa mucho más que un marcador adverso: es un golpe al proyecto de desarrollo, una advertencia de que el potencial debe ir acompañado de madurez futbolística. Queda el consuelo —mínimo, pero existente— de que este grupo accedió más lejos de lo habitual. Sin embargo, el resultado de hoy borró cualquier atisbo de celebración y dejó en evidencia que el futuro dependerá de corregir con urgencia los errores que hoy se pagaron tan caro.
La afición, los directivos y los propios jugadores tendrán que tomar nota: caer duele, pero caer así invita a la reflexión profunda si lo que se busca es que México vuelva a creer que puede aspirar a lo más alto en una Copa Mundial Sub-17.