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Si no levantamos la mano hoy, mañana seremos otra Venezuela

Lo que destruyó a Venezuela no fue un meteorito. Fue la indiferencia, el “no pasa nada”, el “a mí no me afecta”, el “ya veremos”. Fue la comodidad del silencio. Fue creer que la democracia aguanta todo. Fue permitir que un solo proyecto político se apropiara del Estado mientras la ciudadanía observaba. No es tiempo de neutralidad. No es tiempo de miedo. Es tiempo de levantar la mano con fuerza, de cuestionar, de exigir, de participar y de dejar claro que México no será un país arrodillado ante ningún proyecto autoritario, venga del color que venga.
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Opinión Por: Mario Arturo Pico

México no está a salvo: si no levantamos la mano hoy, mañana seremos otra Venezuela

Hay advertencias que solo se entienden cuando ya no hay remedio. Venezuela es el ejemplo más doloroso en nuestra región. Y no lo digo yo: lo dijo una de las voces más valientes de la oposición venezolana, al recibir un premio internacional por la paz. Dijo algo que debería cimbrarnos a todos: “Los países no se vuelven dictaduras de un día para otro; se vuelven dictaduras cuando la gente deja de levantar la mano.”

Esa frase no es metáfora. Es diagnóstico. Y México debería tomar nota antes de que sea demasiado tarde.

Porque lo que destruyó a Venezuela no fue un meteorito. Fue la indiferencia, el “no pasa nada”, el “a mí no me afecta”, el “ya veremos”. Fue la comodidad del silencio. Fue creer que la democracia aguanta todo. Fue permitir que un solo proyecto político se apropiara del Estado mientras la ciudadanía observaba desde la banca.

¿Les suena familiar?

Hoy en México estamos viendo señales que no pueden ignorarse:
• Un poder presidencial cada vez más invasivo,
• Ataques sistemáticos a la prensa crítica,
• Persecución política disfrazada de “lucha contra la corrupción”,
• Instituciones debilitadas por capricho,
• El uso electoral de programas sociales,
• Y una narrativa que divide al país entre “buenos” y “enemigos”.

Quien no vea el paralelismo simplemente no quiere verlo.

Lo que pasó en Venezuela comenzó exactamente así: con un gobierno que prometía salvar al pueblo y terminó salvándose solo a sí mismo; con un discurso de justicia que terminó siendo herramienta de control; con una erosión lenta, casi imperceptible, hasta que un día ya no quedaba nada que defender.

Y la advertencia de la líder venezolana fue clara: cuando la gente deja de levantar la mano, otros decidirán por ella.
En México, estamos a tiempo de levantarla. Pero no por mucho.

Porque una democracia no se destruye el día que llega el autoritarismo. Se destruye el día en que la ciudadanía deja de decir “alto ahí”. Se destruye cuando se normaliza el abuso, cuando se justifica la mentira, cuando se ataca a quien piensa distinto y cuando la gente se acostumbra a obedecer en vez de cuestionar.

Hoy necesitamos un México con ciudadanos despiertos, no con espectadores cansados. Nuestros hijos no merecen heredar un país resignado, sino uno valiente, capaz de frenar a cualquier gobierno que crea que el poder es suyo y no del pueblo.

No es tiempo de neutralidad. No es tiempo de miedo. Es tiempo de levantar la mano con fuerza, de cuestionar, de exigir, de participar y de dejar claro que México no será un país arrodillado ante ningún proyecto autoritario, venga del color que venga.

Venezuela cayó por no reaccionar a tiempo.
México todavía puede evitarlo.

Pero solo si levantamos la mano hoy y no cuando ya estemos preguntando cómo fue que llegamos tan lejos.

* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Enboga.

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