La más reciente investigación periodística de La Silla Rota revela con crudeza hasta qué punto el Senado de la República ha convertido el gasto público en un festín de opacidad, lujos y adjudicaciones directas —es decir, sin competencia ni licitación—. Entre enero y septiembre de 2025, la Cámara alta reportó al menos 534 contratos, de los cuales nueve de cada diez (el 90 %) fueron asignados “a dedo”, contrariando lo que establece la ley en materia de adquisiciones y contratación de servicios.
El escándalo no se limita a la frecuencia de adjudicaciones directas, sino también a su naturaleza. En medio de discursos oficiales que apelan a la austeridad, el Senado decidió gastar —según cifras públicas— alrededor de cinco millones de pesos en festejos navideños: árboles de Navidad, conciertos, nacimientos monumentales e iluminaciones festivas.

Estos gastos forman parte de un programa cultural del que la institución se enorgullece públicamente: exposiciones, conciertos, talleres infantiles, actividades artísticas y ceremonias simbólicas que deberían justificar un gasto en cultura. Sin embargo, documentos oficiales revisados muestran que buena parte de estos servicios fueron entregados por un reducido grupo de proveedores, con contratos millonarios y sin que mediara licitación, lo que dispara sospechas acerca de favoritismos, conflicto de interés y uso discrecional de recursos públicos.
La tendencia de adjudicar a dedo incluso en cosas tan ostensiblemente “decorativas” —como la instalación de un árbol de Navidad gigante o la organización de conciertos navideños— desdibuja los límites entre gasto institucional legítimo y gasto simbólico de lujo. Es especialmente polémico en un momento en que varias dependencias del gobierno federal han sido señaladas por reducir sus presupuestos, o al menos por justificar sus erogaciones con criterios de austeridad.

Más allá del dispendio festivo, lo más grave de esta práctica es su impacto en la rendición de cuentas: al no abrir los contratos a licitación, el Senado evita la competencia y la comparabilidad de precios, factores esenciales para asegurar que el Estado obtenga valor por el dinero público. El resultado: un gasto opaco, con proveedores privilegiados y poca transparencia en los montos reales, los conceptos incluidos y la idoneidad del servicio.
La revelación llega en un momento crucial, cuando la opinión pública exige coherencia entre las promesas de austeridad del gobierno y el comportamiento real de las instituciones. Si el Senado aspira a mantener legitimidad ante la ciudadanía, enfrentará la necesidad urgente de transparentar sus procesos de contratación, abrir licitaciones, publicar montos desglosados y demostrar que el gasto en cultura —o en decoración navideña— obedece a criterios de interés público, no a lujos de fin de año.