En un análisis que redefine las interpretaciones clásicas de dos de los rituales más emblemáticos de la antigua Mesoamérica, los investigadores Sara Ladrón de Guevara y Gibránn Becerra presentaron los resultados de su estudio, recientemente publicado en la revista Ancient Mesoamerica de Cambridge University Press, donde exploran la íntima relación entre la ceremonia de los Voladores y el Juego de Pelota como expresiones complementarias de la cosmovisión indígena mesoamericana. La conferencia “De la cancha al vuelo: rituales de transición y movimiento en Mesoamérica” se realizó en el marco del ciclo La arqueología hoy, coordinado por el arqueólogo Leonardo López Luján, miembro de El Colegio Nacional, y se convirtió en la plataforma para publicar y discutir públicamente las implicaciones de esta investigación académica.
El estudio, que combina un abordaje arqueológico, histórico y antropológico con perspectivas sensoriales contemporáneas, propone que estas dos prácticas rituales no fueron eventos aislados dentro de las comunidades mesoamericanas, sino partes de un sistema simbólico mayor que articulaba la comprensión del cosmos y los ciclos de la vida y la muerte. Más allá de su espectacularidad —el ascenso al palo por parte de los Voladores o la intensidad física del Juego de Pelota— Ladrón de Guevara y Becerra sostienen que ambos rituales funcionaban como metáforas vivientes de tránsito entre los niveles del universo: los Voladores representaban el movimiento hacia los cielos, hacia los niveles superiores del cosmos, mientras que el Juego de Pelota aludía a la entrada al inframundo y a las fuerzas que allí residían.

La antropóloga Ladrón de Guevara, especialista en iconografía y cosmovisión de las culturas del Golfo, narró cómo una pregunta del público durante una conferencia previa en El Colegio Nacional reavivó la idea de vincular estas dos prácticas aparentemente dispares, llevándola a colaborar con Becerra, quien además de arqueólogo es hablante de náhuatl y practicante del ritual de los Voladores en la Sierra Norte de Puebla, y está elaborando su tesis doctoral sobre ambos rituales.
Durante su exposición, Becerra describió la experiencia física y sensorial del ritual de los Voladores, destacando la inmersión en el paisaje sonoro y la sensación de ascenso a un espacio sobrenatural, mientras Ladrón de Guevara amplió esa experiencia al contexto cosmológico mesoamericano: el movimiento del Sol y la Luna a través de los niveles superiores e inferiores del universo formaba la base del tiempo y el movimiento ritual. En este sentido, los Voladores ritualizaban los niveles superiores y el Juego de Pelota ritualizaba los niveles inferiores, en una dualidad simbólica extendida que remite a antiguas narrativas cosmogónicas.

El trabajo subraya también la participación comunitaria fundamental en ambos rituales, que eran colaborativos y colectivos, y no solo actos individuales o aislados. Estos ritos implicaban preparaciones complejas, conocimiento tradicional y cooperación social, factores que eran esenciales para su realización y que reforzaban la cohesión comunitaria. En el caso del Juego de Pelota, que tiene al menos tres mil años de historia y cuyas primeras canchas se remontan a las tierras bajas tropicales, esta práctica fue, además de juego, un acto ritual profundamente integrado a la vida social y religiosa, con significados que iban desde la fertilidad hasta la muerte y la regeneración.
A pesar de la amplia difusión del Ulama, una variante sobreviviente del Juego de Pelota en el occidente de México, muchas de las prácticas tradicionales del Altiplano se perdieron o fueron restringidas tras la colonización, incluidas las narrativas mitológicas que las sustentaban. Por su parte, el rito de los Voladores no se preservó con la misma claridad arqueológica, aunque estudios pioneros como los de Guy Stresser-Péan desde fines de los años 1930 proporcionan documentación valiosa ahora complementada en el trabajo de Becerra.

La investigación también aborda cómo estos rituales se transformaron a lo largo del tiempo y ante las restricciones coloniales: mientras algunos documentos coloniales describen manifestaciones de los Voladores como actos acrobáticos, en la realidad estas ceremonias siguieron siendo espacios sagrados de interacción comunitaria, desplazándose incluso a atrios e iglesias sin perder su centralidad ritual. Además, Ladrón de Guevara destaca que tanto en la iconografía de códices como en la disposición urbanística de antiguos sitios mesoamericanos se encuentra evidencia de una cercanía entre ambos rituales, reforzando la idea de un sistema simbólico integrado que atravesaba arquitectura, mito y práctica ritual.
Al situar estos rituales dentro de la estructura misma de la cosmovisión mesoamericana —con niveles superiores habitados por dioses, niveles inferiores asociados a los muertos y energías subterráneas, y el nivel terrenal como espacio de los vivos— el estudio de Ladrón de Guevara y Becerra propone una lectura en la que los Voladores y el Juego de Pelota no solo simbolizaban, sino que activaban experiencias de tránsito entre esos mundos, articulando un tejido de mitos, principios ontológicos y cosmogónicos que siguen siendo relevantes para comprender las complejas formas de religiosidad y socialidad de los pueblos indígenas de Mesoamérica.