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Una revuelta popular, la causa de la caída de Teotihuacan

La caída de Teotihuacan, una de las ciudades más grandes y complejas del mundo antiguo, no fue producto de una invasión extranjera ni de un colapso súbito inexplicable. La evidencia científica acumulada durante décadas apunta a una revuelta popular contra la élite gobernante como el detonante de su destrucción, ocurrida entre los años 550 y 570 de nuestra era. Así lo explicó la arqueóloga Linda Rosa Manzanilla Naim, integrante de El Colegio Nacional, durante la conferencia “Estudio forense de la población multiétnica de Teotihuacan”
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La caída de Teotihuacan, una de las ciudades más grandes y complejas del mundo antiguo, no fue producto de una invasión extranjera ni de un colapso súbito inexplicable. La evidencia científica acumulada durante décadas apunta a una revuelta popular contra la élite gobernante como el detonante de su destrucción, ocurrida entre los años 550 y 570 de nuestra era. Así lo explicó la arqueóloga Linda Rosa Manzanilla Naim, integrante de El Colegio Nacional, durante la conferencia “Estudio forense de la población multiétnica de Teotihuacan”, impartida en el Aula Mayor de esa institución como parte del ciclo La ciencia del siglo XXI al servicio de la arqueología: el caso de Teotihuacan.

Con base en excavaciones, fechamientos de radiocarbono, estudios de arqueomagnetismo y análisis interdisciplinarios, Manzanilla sostuvo que la destrucción sistemática de los conjuntos arquitectónicos situados a lo largo de la Calzada de los Muertos fue resultado de un levantamiento de los barrios contra el grupo gobernante. Los llamados palacios y complejos administrativos fueron incendiados de manera deliberada; templos, oficinas y recintos quedaron reducidos a escombros, y las esculturas de culto fueron fragmentadas, un acto que revela no sólo violencia material, sino un rechazo simbólico al poder político y religioso que había regido la ciudad durante siglos.

Uno de los casos mejor documentados es el del Palacio de Xalla, donde las investigaciones permitieron fechar con precisión el momento de la destrucción. Entre 550 y 570 d.C., el edificio fue incendiado y sus techumbres colapsaron, dejando vigas de gran tamaño completamente carbonizadas. La magnitud del evento obligó a seccionar una sola viga en 22 fragmentos para ser enviados a distintos laboratorios de radiocarbono, con el fin de realizar una intercalibración que confirmara la cronología del desastre. Los resultados coincidieron plenamente y reforzaron la hipótesis de una revuelta interna, no de un ataque externo.

La pregunta central, subrayó la investigadora, es qué pudo provocar una rebelión de tal escala en una ciudad que había sido durante siglos un referente político, económico y religioso en Mesoamérica. Desde su perspectiva, confluyeron al menos dos procesos de largo aliento. Por un lado, la creciente autonomía de los barrios, que funcionaban como unidades semiautónomas con dinámicas propias, alianzas específicas, riqueza interna y competencia constante entre sí. Estos barrios multiétnicos, integrados por poblaciones provenientes de distintas regiones, habían desarrollado una fuerte identidad y capacidad organizativa.

Cuando el Estado teotihuacano, encabezado por un consejo de gobierno, intentó controlar esa autonomía de manera tardía, el tejido político ya estaba profundamente fragmentado. Los barrios no estaban dispuestos a ceder espacios de decisión ni recursos, y ese intento de recentralización habría generado un rechazo frontal hacia la élite gobernante, identificada con los palacios y edificios administrativos de la Calzada de los Muertos.

El segundo factor fue ambiental y, a juicio de Manzanilla, decisivo. Diversas evidencias científicas indican que hacia el año 525 d.C. comenzó una sequía prolongada en el centro de México. Este fenómeno ha sido documentado a partir de estudios de espeleotemas en San Luis Potosí y corroborado por investigaciones posteriores, como las realizadas en 2002 por Margarita Caballero y su equipo mediante el análisis de diatomeas. Incluso desde 1974, la geógrafa Enriqueta García, del Instituto de Geografía de la UNAM, había sugerido que el final de la época teotihuacana coincidía con el inicio de una sequía extensa, aunque en ese momento las técnicas disponibles eran limitadas.

La crisis climática tuvo un impacto político y religioso profundo. Teotihuacan tenía como deidad estatal al dios de la lluvia, cuyo culto estaba estrechamente ligado al poder gobernante. El templo principal de esta deidad se encontraba en la Pirámide del Sol, y en el cercano Palacio de Xalla se localizaban oficinas de quienes representaban ritualmente a ese dios. Cuando dejó de llover, la legitimidad de la élite quedó en entredicho.

Manzanilla explicó que detrás de la Pirámide del Sol existe un túnel artificial, conocido durante años como “cueva astronómica”, que en realidad funcionaba como un observatorio del paso cenital del sol. Excavado por los propios teotihuacanos, este espacio permitía predecir con gran precisión el inicio de la temporada de lluvias, alrededor del 19 de mayo. Un rayo de luz recorría el centro de una lápida de basalto cuando el sol alcanzaba el cenit, lo que daba a los sacerdotes la capacidad de anunciar ante el pueblo la llegada de las lluvias, un conocimiento que reforzaba su autoridad. Pero cuando ese anuncio dejó de cumplirse, la responsabilidad recayó directamente sobre quienes encarnaban el poder religioso y político.

La reacción fue contundente. La élite fue expulsada y sus espacios de poder destruidos. Sin embargo, la revuelta marcó también el inicio de un colapso irreversible. Al desaparecer las estructuras administrativas y de control, el sistema de abasto de la ciudad se vino abajo. En un contexto de sequía, las aldeas circundantes dejaron de llevar alimentos a la urbe, priorizando su propia supervivencia. Los mercados de barrio dejaron de funcionar y la gigantesca ciudad, comparable en extensión a la Roma antigua, se volvió insostenible.

La ocupación posterior, conocida como Metepec, fue breve y precaria. Pequeños grupos se asentaron sobre las ruinas del antiguo esplendor, viviendo de lo que quedaba, hasta que los propios habitantes de los barrios abandonaron la ciudad siguiendo los corredores por donde tenían parientes o aliados hacia otros puntos de Mesoamérica. Poco después llegaron grupos coyotlatelco provenientes del Bajío, que saquearon los restos de Teotihuacan y ocuparon espacios como el Palacio de Xalla y los túneles cercanos a la Pirámide del Sol, con una dieta mucho más limitada, reflejo de las duras condiciones del Epiclásico.

Para Linda Rosa Manzanilla, el caso de Teotihuacan sigue siendo uno de los mayores retos intelectuales de la arqueología mesoamericana. La ausencia de textos obliga a reconstruir su historia a partir de la ciencia del siglo XXI y del cruce de múltiples disciplinas. Esa investigación ha permitido comprender mejor el funcionamiento de una ciudad excepcional, no sólo por su traza ortogonal y su tamaño sin precedentes en el centro de México, sino por haber sido la primera capital claramente multiétnica de la región. Su caída, concluyó la investigadora, fue tan compleja como su grandeza, y tuvo en la revuelta popular su punto de quiebre definitivo.

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