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Gunther Gerzso y la persistencia del tiempo en el Museo Carrillo Gil

La vigencia de Gunther Gerzso vuelve a hacerse patente en el Museo de Arte Carrillo Gil con la exposición Gunther Gerzso. Algo común con el pasado, una muestra que no sólo revisita la obra de uno de los grandes pilares de la abstracción latinoamericana del siglo XX, sino que la confronta con prácticas artísticas modernas y contemporáneas para demostrar que su lenguaje plástico sigue dialogando con el presente
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La vigencia de Gunther Gerzso vuelve a hacerse patente en el Museo de Arte Carrillo Gil con la exposición Gunther Gerzso. Algo común con el pasado, una muestra que no sólo revisita la obra de uno de los grandes pilares de la abstracción latinoamericana del siglo XX, sino que la confronta con prácticas artísticas modernas y contemporáneas para demostrar que su lenguaje plástico sigue dialogando con el presente. El proyecto, que continúa su periodo de exhibición en este recinto del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, propone una lectura actualizada de un creador que entendió el tiempo como una materia activa de la pintura.

La exposición reúne 47 obras de Gerzso, algunas poco conocidas, realizadas entre las décadas de 1950 y 1990, un periodo clave en el que el artista consolidó su lenguaje pictórico tras tomar distancia del surrealismo. Estas piezas permiten observar la madurez de una abstracción que, sin abandonar la referencia al mundo material, se nutre de la arquitectura prehispánica, del paisaje y de una reflexión profunda sobre el espacio. En palabras del propio artista, expresadas en una charla con el poeta Luis Cardoza y Aragón, “sin el pasado prehispánico mi pintura no existiría”, una afirmación que funciona como eje conceptual de toda la muestra.

Lejos de presentar una retrospectiva tradicional, el recorrido se complementa con 24 obras de artistas modernos y contemporáneos, entre pintura, fotografía, instalación y escultura, de autoras y autores como Helen Escobedo, Francisco Castro Leñero y Graciela Iturbide. Estas presencias no buscan diluir la figura de Gerzso, sino ampliar su campo de resonancia, evidenciando los puntos de contacto formales y conceptuales que explican por qué su obra continúa siendo relevante en el arte actual.

El curador Jorge Castro ha subrayado que la intención central de la muestra es revelar que la pintura de Gerzso es “esencialmente actual”, con una vigencia que surge de esa relación compleja entre tiempos: un artista que crea en el presente, piensa en el pasado y proyecta su obra hacia el futuro. Esa temporalidad expandida se vuelve visible desde el inicio del recorrido, que abre con una serie de paisajes realizados tras su estancia en Europa, como Spaciale (1959) o Paisaje clásico (1960). En estas obras, Gerzso redefine el género del paisaje como una “pintura de espacio”, un planteamiento que marcó un giro decisivo y profundamente contemporáneo dentro de su producción.

En esos óleos, dominados por gamas de marrones, grises y negros, el espacio se construye como una textura densa, casi arquitectónica, que el artista perfora con pequeñas aberturas. Ese gesto, entendido como una forma de trascender la visualidad plana, establece un diálogo implícito con las exploraciones del pintor y teórico italoargentino Lucio Fontana, y sitúa a Gerzso en una conversación internacional sobre la materialidad y la profundidad del plano pictórico.

Otro núcleo relevante profundiza en su relación con la piedra y la arquitectura prehispánica. Obras como Grieta (1992) o Rojo-Azul-Amarillo (1966) dialogan con piezas como Estructuras 18 (2005), de Perla Krauze, y White Box III (1972), de Marcelo Bonevardi. Aquí se hace evidente cómo Gerzso transforma la piedra en una epidermis pictórica, en una experiencia poética y táctil donde la ortogonalidad se ve interrumpida por fisuras y tensiones que remiten tanto al tiempo como a la ruina.

La muestra también recupera una faceta menos difundida de su trayectoria: el trabajo escenográfico para el cine, que le valió cinco premios Ariel y la Medalla Salvador Toscano al Mérito Cinematográfico. Esta etapa se vincula con la obra mural Untitled (2010), de la artista estadounidense Andrea Zittel, y se acompaña de un fragmento de El bolero de Raquel (1957), dirigida por Miguel M. Delgado. Se trata de una escenografía singular dentro de su producción, ya que abandona la idea tradicional de la casa mexicana para introducir un relato visual marcado por la abstracción y la modernidad, con referencias a El modulor de Le Corbusier.

El diálogo entre geometría y paisaje continúa con obras como El castillo (2007), de Jorge Méndez Blake; la escultura Ciudad (1960), de José María Ximénez; y piezas emblemáticas de Gerzso como Estela blanca (1950) y Estructuras antiguas (1955). En este conjunto se percibe con claridad el momento en que el artista deja atrás el surrealismo para explorar acumulaciones geométricas de carácter táctil y monumental, así como un paisaje cada vez menos descriptivo y más metafísico.

Hacia el cierre, el tratamiento conceptual del espacio se intensifica en obras como Muro azul, Chiapas (1977) o Estructuras verdes (1964), en diálogo con fotografías de Manuel Álvarez Bravo y con piezas contemporáneas como Construcción en blanco 1 y 2 (2013), de Abel Quezada. El recorrido concluye con un contrapunto entre Superposición de cuadros I (1977), del brasileño Arcangelo Ianelli, y obras de Gerzso como Sin título (1957), que cuestionan la separación entre forma y color, uno de los problemas centrales de la abstracción.

Gunther Gerzso. Algo común con el pasado confirma que la obra del artista no pertenece únicamente a una etapa histórica, sino a una conversación continua sobre el tiempo, el espacio y la memoria visual. Al situarlo en diálogo con otras generaciones, el MACG no sólo reafirma su lugar en la historia del arte mexicano, sino que demuestra que su pintura sigue siendo una herramienta crítica para pensar el presente.

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