En el corazón de la Ciudad de México, donde convergen la plaza Tlaxcoaque y el inicio de la Calzada de Tlalpan, se concentra una de las mayores inversiones públicas proyectadas con miras a la Copa del Mundo de 2026. En ese mismo punto, sin embargo, se libra una disputa por la permanencia y el reconocimiento cultural. A la inconformidad expresada por sobrevivientes de la represión de los años setenta ante la modificación de un sitio declarado espacio de memoria, se suma ahora la voz de una comunidad que, desde la pandemia, ha convertido el lugar en epicentro del ulama, el juego de pelota de origen mesoamericano que consideran el más antiguo juego de equipo del mundo.
“Este es el primer juego en equipo del mundo. Tiene 3 800 años de antigüedad y recrea el movimiento de la vida. Fue el primero en conjugar a varias personas para practicarlo y nuestros abuelos eran tan sabios que lo crearon con un material que luego movió todo”, explicó a Desinformémonos Daniel Chávez, uno de los jugadores independientes que entrenan en Tlaxcoaque. Se refiere al hule, materia prima fundamental en la cosmovisión mesoamericana y cuyo uso industrial posterior resultó decisivo en el desarrollo del transporte y la maquinaria moderna. “El hule fue lo que hizo el movimiento del mundo, permitió el transporte, los aviones, las máquinas de la revolución industrial. El hule fue un factor de movimiento y, según la leyenda, fue lo que hizo al mundo girar”, añadió.

El relato mítico al que alude está contenido en el Popol Vuh, donde los gemelos heroicos Hunahpú e Ixbalanqué vencen a las fuerzas de la oscuridad a través del juego de pelota, dando origen a la luz. Para los practicantes actuales, esa dimensión simbólica no es una alegoría distante, sino un principio organizador del juego y de su sentido comunitario. “Más que un deporte, yo lo definiría como una interacción social entre la gente que participa, que busca entre todos que el movimiento sea continuo para que no se estanque el juego”, señaló Daniela, jugadora independiente de Tlaxcoaque.
Desde el mundo prehispánico, el espacio donde hoy se ubica la plaza albergó un tlaxco, palabra en náhuatl asociada al juego de pelota y al acceso a la antigua México-Tenochtitlán. Para la comunidad de ulama, ese pasado otorga una continuidad histórica que no ha sido considerada en los planes de intervención urbana. Según los planos que han podido revisar, la proyectada construcción de una Universidad de las Artes no implicaría necesariamente el desplazamiento del área de juego, pero sí lo haría la ciclovía denominada “Gran Tenochtitlán”, cuya rampa desembocaría directamente en la cancha principal. “Si eso sigue en pie, ya no podríamos jugar aquí”, advirtió Daniela.
La comunidad convoca a la defensa del espacio no sólo desde la protesta, sino desde la práctica cultural. Con ese propósito organizaron el Festival Macuilxóchitl en Tlaxcoaque, donde durante tres días realizaron encuentros en equipos mixtos definidos por sorteo, con la intención de evitar lógicas competitivas y elitistas. El evento incluyó ceremonias tradicionales, talleres de lengua náhuatl, matemática ancestral Pohual Kaan, Kinam o yoga tolteca, acrobacias Xocuahupatolli y elaboración de hule. La apuesta es clara: sólo puede defenderse aquello que se conoce y se vive colectivamente.

El grupo independiente llegó a Tlaxcoaque durante la pandemia, cuando perdieron la posibilidad de reunirse en el Zócalo capitalino. Daniel Chávez, también artesano, impulsó la fabricación comunitaria de pelotas ante el alto costo de las piezas tradicionales, que pueden alcanzar los 15 mil pesos. “La mayoría venimos de clase media-baja y nos era imposible pagar eso. Por eso empezamos a hacerlas, para que esto creciera y se pudiera compartir entre todos”, relató. Reconoce, no obstante, que la técnica fue resguardada históricamente por familias de Sinaloa, referentes actuales en la conservación del ulama.
El aprendizaje es progresivo. Las pelotas más pequeñas pueden pesar alrededor de un kilo y, conforme aumenta la resistencia y la técnica de los jugadores, se incrementa el peso. En la modalidad que practican en Tlaxcoaque, el hule se golpea exclusivamente con la cresta ilíaca. Para Martín Torres, encargado de talleres para principiantes, el sentido es también espiritual: “El hule es Tonatiuh, el sol. Cuando cae, tu tarea es hacerlo volver a levantarse”.
Mientras esta comunidad se organiza para sostener el juego, el entorno urbano cambia aceleradamente. De acuerdo con datos difundidos por la Secretaría de Obras y Servicios a mediados del año pasado, sólo para el acondicionamiento del tramo elevado sobre Pino Suárez se prevé una inversión pública de alrededor de 2 mil millones de pesos. A ello se suman 115 millones destinados a la ciclovía y 390 millones para la proyectada Universidad de las Artes, que contempla más de 14 mil metros cuadrados de construcción en la plaza.
Las obras han tenido impactos inmediatos en la movilidad. Las tres primeras estaciones de la Línea 2 del Metro sobre Calzada de Tlalpan, conexión clave hacia el Estadio Azteca, han cerrado por las noches desde inicios de mes, obligando a traslados en unidades de RTP. El pasado 18 de febrero, un hombre de la tercera edad falleció al descender de uno de estos camiones y caer sobre el asfalto de la nueva ciclovía a la altura de Xola.
El investigador Jerónimo Díaz ha señalado que, a diferencia de otros procesos urbanos asociados a megaeventos, en la capital no se concretó una reorganización integral comandada por grandes capitales inmobiliarios. Sin embargo, reconoce que los proyectos gubernamentales en curso sí generan tensiones y afectaciones locales, especialmente en Tlaxcoaque.

El conflicto no se limita al ulama. Desde el 2 de octubre de 2022, el edificio que albergó a la antigua Dirección Federal de Seguridad fue declarado sitio de memoria por su uso como centro clandestino de detención y tortura durante la guerra sucia. Integrantes del Comité Eureka recordaron que el lugar forma parte de la Red de Sitios de Memoria Latinoamericanos y Caribeños, y advirtieron que su modificación debe garantizar la preservación histórica y la no repetición.
En ese cruce de memorias, inversión pública y preparativos mundialistas, Tlaxcoaque se ha convertido en epicentro de disputas por el sentido del espacio. Los jugadores de ulama no reclaman concesiones económicas ni apoyos extraordinarios. Exigen reconocimiento y permanencia. “Solamente un espacio para que podamos continuar con nuestras actividades, seguir compartiendo esto tan bonito que son nuestras raíces”, expresó Chávez. En su defensa, el juego no es sólo patrimonio cultural: es una práctica viva que, como el hule que impulsa su movimiento, busca seguir girando en medio de una ciudad que se transforma a gran velocidad rumbo a 2026.