En un contexto en el que la discusión pública suele medir el progreso mediante indicadores económicos, una mesa académica celebrada en El Colegio Nacional abrió una ruta alternativa: la del bienestar emocional y cognitivo que pueden ofrecer los espacios culturales. Durante el conversatorio “Percepción, arte y bienestar: miradas desde las ciencias cognitivas”, la historiadora del arte y periodista cultural María Helena González López afirmó que visitar un museo tiene efectos fisiológicos y psicológicos medibles, entre ellos la reducción de los niveles de cortisol, la disminución de la ansiedad y la regulación del estrés.

La mesa fue coordinada por Vicente Quirarte, poeta, ensayista y miembro de El Colegio Nacional, y contó además con la participación de los filósofos Jorge Oseguera Gamba, integrante del Centro de Investigación en Ciencias Cognitivas (CINCCO) de la UAEM, y del doctor en Filosofía y Ciencias Cognitivas Juan Carlos González. En conjunto, los especialistas abordaron la relación entre percepción, arte y bienestar desde distintos ángulos, subrayando la relevancia de los espacios museísticos como entornos que no sólo transmiten conocimiento, sino que restauran la salud emocional.
Oseguera abrió la discusión cuestionando la centralidad del Producto Interno Bruto (PIB) como medida del bienestar social. Recordó que su creador, Simon Kuznets, advirtió que se trataba de un indicador inapropiado para evaluar el desarrollo humano, pese a lo cual se volvió dominante en el discurso público. El investigador explicó que la economía puede crecer incluso como consecuencia de guerras o desastres, por lo que el PIB no refleja necesariamente mejoras en la calidad de vida. Añadió que el INEGI utiliza actualmente herramientas más vinculadas a la experiencia personal, como escalas de balance anímico y satisfacción con la vida, cuyos resultados recientes muestran niveles estables e históricamente altos en la población mexicana.

En ese marco, María Helena González presentó los hallazgos más recientes sobre el impacto benéfico de los museos en el equilibrio emocional y cognitivo. A partir de estudios desarrollados dentro y fuera del país, detalló que la visita a estos recintos produce descensos medibles en la frecuencia cardíaca y en los niveles de cortisol, hormona asociada al estrés. Según explicó, los museos funcionan como “entornos restaurativos”, una categoría que comparten con los espacios naturales según la teoría de restauración atencional desarrollada por Daisy Fancourt y Saoirse Finn. Estas propiedades se acompañan de sensaciones de calma, claridad mental y regulación emocional.
La investigadora subrayó que los beneficios no se limitan al plano fisiológico: en la dimensión cognitiva, las exposiciones museográficas fortalecen la fluidez perceptiva, mejoran la discriminación visual y estimulan memorias tanto episódicas como semánticas. También favorecen las interacciones familiares, en particular las conversaciones entre padres e hijos, y amplían la capacidad de procesar emociones complejas. En el ámbito subjetivo o hedónico, añadió, se registra un aumento del afecto positivo y una disminución de los estados emocionales negativos.

González López describió los museos como instituciones orientadas al “florecimiento humano”, capaces de acompañar procesos de integración de recuerdos, elaboración de experiencias dolorosas y construcción de narrativas personales. En su dimensión social, dijo, contribuyen a reducir la sensación de soledad. Citó como ejemplo programas implementados en el Reino Unido para llevar a adultos mayores a estos espacios, lo cual ha repercutido en menor gasto público en salud y en un mayor estímulo a la empatía y el diálogo entre grupos vulnerables. Destacó además que el museo del siglo XXI debe entenderse como un entorno multisensorial, donde convergen la vista, el oído, el tacto, la propiocepción, la temperatura y el equilibrio para modelar una experiencia más profunda que la simple observación.
La reflexión sobre la percepción artística fue ampliada por el filósofo Juan Carlos González, quien repasó la transformación de la pintura europea entre los siglos XV y XIX. Durante siglos, explicó, la búsqueda del realismo óptico llevó a extremos como los trampantojos, concebidos para engañar al ojo y simular la presencia de objetos inexistentes. Este paradigma cambió radicalmente con la aparición de la cámara fotográfica en el siglo XIX, en particular del daguerrotipo hacia 1840, que permitió captar imágenes con un realismo que ya no dependía del virtuosismo del pintor. Con aquella irrupción tecnológica, sostuvo, la pintura dejó de tener la obligación de reproducir fielmente la realidad y comenzó a explorar nuevas formas de expresión, dando origen a movimientos que revolucionaron la historia del arte.
El conversatorio cerró con una coincidencia entre los participantes: la necesidad de mirar más allá de los indicadores económicos y considerar el bienestar desde perspectivas integrales. En ese marco, los museos emergieron no sólo como guardianes del patrimonio cultural, sino como espacios capaces de transformar la salud emocional, la percepción, la interacción social y la forma en que las personas construyen sus propios relatos.