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Acarreo y viejas prácticas priistas para llenar el zócalo en evento de Morena

Lo que en principio se planteó como una celebración de aniversario, comenzó a adquirir matices incómodos para quienes hacen crítica política: denuncias de “acarreo” y la impresión de viejas prácticas de movilización masiva al estilo priista afloraron desde antes de que iniciaran los discursos.
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Este sábado 6 de diciembre, el centro de la Ciudad de México —el emblemático Zócalo de la Ciudad de México— volvió a ser escenario de una concentración masiva convocada por la presidenta Claudia Sheinbaum para conmemorar siete años de la Cuarta Transformación (4T). Lo que en principio se planteó como una celebración de aniversario, comenzó a adquirir matices incómodos para quienes hacen crítica política: denuncias de “acarreo” y la impresión de viejas prácticas de movilización masiva al estilo priista afloraron desde antes de que iniciaran los discursos.

Desde las primeras horas de la madrugada ya habían reportes de contingentes entrando al Zócalo y caminando desde distintos puntos de la capital, y también provenientes de estados como Veracruz. Los accesos viales —Paseo de la Reforma, avenida Juárez— fueron cerrados, lo que facilitó la llegada coordinada de grupos. Aunque las imágenes mostraban una plaza abarrotada, quedó la duda acerca de la espontaneidad de la concentración: en redes sociales y en declaraciones públicas se denunció que muchos de los asistentes habían sido trasladados en autobuses, posiblemente con incentivos económicos o materiales a cambio de su presencia, a la vez que quedan sobre la mesa las dudas respecto al origen de esos financiamientos que se calculan millonarios para movilizar a tantas personas.

Críticos señalaron que el uso masivo de transporte pagado para acarrear gente recuerda las viejas prácticas del viejo partido hegemónico: mecanismos de movilización que en el pasado —y no hace tanto— se utilizaron para crear la ilusión de apoyo popular, sin reflejar necesariamente voluntad propia. En un salto temporal, lo que parecía superado —la manipulación de movilizaciones— reaparece como una sombra sobre la legitimidad del acto. También se ha cuestionado la falta de grupos como el “bloque negro” y grupos radicales que aparecen para reventar las manifestaciones de la oposición.

Por su parte, el gobierno y simpatizantes de Sheinbaum defendieron que se trata de ciudadanos que se organizan e incluso rentan transporte para acudir juntos, un argumento que la propia mandataria ya utilizó en el pasado tras cuestionamientos similares. Sin embargo, tal defensa no logra disipar la percepción sobre una movilización orquestada. El riesgo de legitimar un mecanismo de convocatoria masiva bajo formas cuestionables choca con la narrativa de transformación, renovación y ruptura con viejos vicios.

Lo ocurrido este 6 de diciembre en el Zócalo no es un acto aislado: marca un retorno simbólico de métodos de control social y político que partidos de antaño —y particularmente del viejo régimen priista— emplearon para su beneficio. Aun cuando hayan cambiado los nombres, la forma revive con nuevos actores. La gran duda es si quien salió beneficiada fue la democracia —y la genuina movilización ciudadana—, o simplemente la maquinaria de un partido cuyo músculo, al menos por hoy, parece depender de autobuses llenos de gente.

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