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Veinte desapariciones en una semana paralizan Juan Sarabia, Quintana Roo

El poblado de Juan Sarabia, en el municipio de Othón P. Blanco, vive una de las semanas más oscuras de su historia reciente tras la desaparición de al menos 20 de sus habitantes en un lapso de siete días, una cadena de hechos que desató pánico colectivo, cierre de escuelas, comercios semivacíos y una comunidad prácticamente inmovilizada por el temor. La tranquilidad habitual de esta localidad del sur de Quintana Roo fue sustituida por calles desiertas, casas atrincheradas y familias que dejaron de salir incluso para adquirir alimentos esenciales
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El poblado de Juan Sarabia, en el municipio de Othón P. Blanco, vive una de las semanas más oscuras de su historia reciente tras la desaparición de al menos 20 de sus habitantes en un lapso de siete días, una cadena de hechos que desató pánico colectivo, cierre de escuelas, comercios semivacíos y una comunidad prácticamente inmovilizada por el temor. La tranquilidad habitual de esta localidad del sur de Quintana Roo fue sustituida por calles desiertas, casas atrincheradas y familias que dejaron de salir incluso para adquirir alimentos esenciales.

De acuerdo con los testimonios coincidentes de pobladores, hombres encapuchados irrumpieron de forma violenta en viviendas durante distintos momentos del día y la noche, llevándose a personas de diferentes edades sin explicación, sin mostrar órdenes y sin permitir resistencia. Las escenas se repitieron con un patrón de violencia que dejó a la comunidad en estado de alerta permanente: puertas reforzadas con maderas y hierros, ventanas bloqueadas y horarios de encierro autoimpuestos desde el anochecer. Al menos diez familias optaron por abandonar la comunidad ante el temor de nuevas irrupciones.

El impacto se trasladó de inmediato a la vida escolar. El jardín de niños, la primaria y la telesecundaria permanecieron cerrados luego de que estudiantes presenciaran la captura de un habitante en las inmediaciones de los planteles, un hecho que desmoronó cualquier sensación de seguridad entre madres, padres y docentes. Las familias solicitaron sin éxito la instalación de retenes de seguridad en torno a las escuelas, mientras la actividad comercial se desplomó. Negocios que antes operaban con normalidad vieron reducidas sus ventas en más de la mitad, no por falta de productos, sino por el miedo de clientes y encargados a permanecer en espacios abiertos.

El clima de silencio forzado se volvió otra constante. Habitantes denunciaron haber recibido amenazas para evitar que reportaran las privaciones de la libertad, y en algunos casos aseguraron que se les sugirió no denunciar “para evitar problemas”, lo que profundizó el sentimiento de desprotección y abandono institucional. El miedo no sólo se instaló en las calles, también en las conversaciones a puerta cerrada.

Ante la presión social y la gravedad de los hechos, se desplegó un operativo con 42 elementos de fuerzas de seguridad, integrados por policías, marinos y soldados, cuya presencia contrasta con los rondines esporádicos que se realizaban semanas atrás. Sin embargo, los pobladores coinciden en que la vigilancia no ha logrado disipar la incertidumbre. Persisten las preguntas que recorren casa por casa: por qué fueron esas personas, a dónde se las llevaron y por qué los ataques no siguen un patrón claro de edad, horario o actividad.

Mientras tanto, Juan Sarabia permanece en pausa. Las tardes se acortaron, las puertas se cierran antes de tiempo y la comunidad sobrevive entre la esperanza de volver a ver a quienes faltan y el miedo de que el silencio no sea suficiente para protegerlos. La vida cotidiana se transformó en una rutina de sobrevivencia, marcada por la espera, la desconfianza y una angustia que no cede.

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