Ante un auditorio repleto en el Centro de Exposiciones y Congresos de la Universidad Nacional Autónoma de México, el geógrafo y teórico marxista David Harvey planteó una de las interrogantes centrales de su pensamiento: si el propio capitalismo puede sobrevivir a las dinámicas que lo erosionan desde dentro. La conferencia magistral “La Historia del Capital” se llevó a cabo en el marco del Congreso Internacional “México en la encrucijada global”, organizado en homenaje al historiador emérito Enrique Semo.
El encuentro fue moderado por la directora de la Facultad de Filosofía y Letras, Mary Frances Teresa Rodríguez Van Gort, quien subrayó la afinidad intelectual entre Harvey y Semo, al destacar que ambos han abordado el capitalismo como un proceso histórico en transformación constante. Mientras en la obra de Semo predomina el análisis de la temporalidad de larga duración, en la de Harvey —explicó— el énfasis se sitúa en la espacialidad del sistema, particularmente en conceptos como la producción del espacio y la acumulación por desposesión.
La convocatoria superó las previsiones iniciales, lo que obligó a trasladar el evento del Aula Magna de la facultad al recinto de congresos. En la apertura, Rodríguez Van Gort reconoció la colaboración de diversas instancias universitarias y académicos que hicieron posible la presencia del teórico británico, cuya obra mantiene vigencia en el análisis de las crisis contemporáneas.

Durante su intervención, Harvey inició con una referencia irónica a la situación política en Estados Unidos, al señalar que el deterioro del entorno ha llevado a algunos a considerar migrar, aunque advirtió que incluso ese desplazamiento puede insertarse en dinámicas de gentrificación. El comentario sirvió como antesala para una exposición centrada en la lectura de El Capital de Karl Marx y en la forma en que sus postulados permiten entender las tensiones actuales del sistema económico.
Harvey sostuvo que, en la lógica marxista, son los propios capitalistas, impulsados por la competencia, quienes generan las condiciones de inestabilidad al acelerar la innovación tecnológica y elevar la productividad, lo que a su vez reduce la centralidad del trabajo humano. En ese sentido, advirtió que fenómenos contemporáneos como la inteligencia artificial podrían profundizar esa tendencia. “Son los capitalistas los que destruyen el capital”, afirmó, al tiempo que planteó la interrogante sobre qué tipo de políticas podrían reactivar las condiciones de acumulación.
El académico evocó antecedentes históricos como las políticas del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y las teorías de John Maynard Keynes, quienes impulsaron intervenciones estatales para estabilizar el sistema en momentos críticos. No obstante, consideró que esos esfuerzos no alcanzaron las implicaciones más profundas del análisis marxista. A pesar de la existencia de una amplia infraestructura intelectual —universidades, centros de pensamiento y organismos financieros— dedicada a contener las crisis, Harvey enfatizó que, desde la década de 1980, el capitalismo ha atravesado episodios recurrentes de inestabilidad.

Uno de los ejes centrales de su exposición fue la necesidad de comprender el capital no como un objeto estático, sino como una relación social dinámica, un flujo de valor en movimiento que articula dinero, mercancías, fuerza de trabajo, producción y consumo. Desde esta perspectiva, explicó que las contradicciones del sistema se manifiestan en fenómenos como la obsolescencia programada, el consumismo acelerado y la degradación ambiental.
El teórico destacó que el capitalismo contemporáneo ha reducido drásticamente los tiempos de rotación del consumo, al punto de privilegiar experiencias inmediatas sobre bienes duraderos. Esta transformación, sostuvo, redefine el papel del trabajo, desplazando a amplios sectores hacia actividades de servicios marcadas por la inmediatez y la precariedad. En ese contexto, el valor tiende a generarse más por la velocidad que por la utilidad o la calidad de lo producido.
Harvey advirtió que esta lógica tiene consecuencias directas en el deterioro ecológico. Recordó que, tras la Segunda Guerra Mundial, el sistema absorbió excedentes de capital mediante la expansión del entorno construido, particularmente en los suburbios estadounidenses, a los que calificó como una de las formas de urbanización más perjudiciales para el medio ambiente. Asimismo, explicó que las inversiones en infraestructura y capital fijo, si bien necesarias, introducen rigideces que dificultan la adaptación del sistema y pueden derivar en crisis cuando se vuelven obsoletas o insuficientes frente a las exigencias del mercado.

En ese sentido, señaló que las crisis de sobreacumulación suelen encontrar salida en megaproyectos de infraestructura que funcionan como receptores de capital excedente, aunque con impactos sociales y ambientales negativos. Este mecanismo, advirtió, no resuelve las contradicciones estructurales, sino que las desplaza temporalmente.
Hacia el cierre de su intervención, Harvey llamó a recuperar una visión de totalidad que permita comprender la interconexión de los procesos económicos y sociales. Alertó sobre la creciente abstracción de las relaciones humanas en el capitalismo contemporáneo, donde la distancia entre productores y consumidores diluye la conciencia de los vínculos que sostienen la vida cotidiana. Incluso en actos simples, como consumir alimentos, subrayó, se expresa la complejidad de una red global marcada por tensiones y desigualdades.
La conferencia dejó como eje una pregunta abierta que atraviesa tanto la teoría como la práctica política: si el capitalismo puede reformarse a sí mismo o si sus contradicciones internas lo conducen inevitablemente a transformaciones más profundas. En un contexto global caracterizado por crisis recurrentes, la reflexión de Harvey resonó entre académicos y estudiantes como una invitación a replantear los fundamentos del sistema económico vigente.