El reciente acercamiento entre Canadá y China no es un gesto aislado ni casual: es una señal clara de que el mundo está entrando en una etapa donde la pragmática política exterior empieza a pesar más que los alineamientos automáticos. La firma de un acuerdo de cooperación energética y el discurso conciliador del primer ministro canadiense, Mark Carney, marcan un punto de inflexión tras casi una década de relaciones congeladas.
Este movimiento refleja algo más profundo: el cansancio de los países medianos frente a la lógica de bloques. Canadá, históricamente alineado con Estados Unidos, comienza a diversificar sus alianzas en un contexto donde la dependencia absoluta ya no resulta sostenible ni económica ni políticamente. China, por su parte, busca reposicionarse como un actor dispuesto a negociar, justo cuando su imagen internacional enfrenta cuestionamientos.

Este “reset” diplomático no solo impacta a América del Norte. También envía un mensaje a regiones como América Latina, donde la inversión china en energía e infraestructura sigue creciendo. La pregunta no es si este acuerdo incomodará a Washington —eso es casi seguro— sino si marcará una tendencia: menos confrontación ideológica y más negociación estratégica.