Opinión Por: Mario Arturo Pico
Chihuahua no se rinde: el campo está hablando y el gobierno no está escuchando
Lo que está sucediendo hoy con los agricultores en Chihuahua no es una simple molestia local ni un conflicto aislado entre productores y autoridades. Es el reflejo de un abandono profundo, acumulado durante años, que finalmente explotó frente al desinterés y la incapacidad de los gobiernos para defender al campo, garantizar el acceso al agua y proteger a quienes dan de comer a México.
En la última década, los agricultores de Chihuahua han resistido todo: sequías severas, recortes de apoyos, incrementos en los costos de producción y decisiones federales que afectan directamente su sustento. Pero en 2025, la situación se volvió insostenible. Las presas vacías, los pozos agotándose y las nuevas regulaciones sobre el agua encendieron la mecha de una indignación que llevaba años acumulándose.
Hoy vemos carreteras bloqueadas, casetas tomadas y puentes internacionales detenidos. No porque los agricultores quieran afectar al país, sino porque el país los dejó sin otra opción. Cuando el gobierno cierra las puertas del diálogo, el pueblo abre las calles para ser escuchado.
El problema no es sólo la sequía: es la falta de visión. Es la ausencia de una política pública que entienda que sin agua no hay agricultura, sin agricultura no hay producción, y sin producción no hay estabilidad económica ni social. Chihuahua es potencia agrícola nacional. Pero mientras los productores trabajan la tierra con las uñas, la burocracia exige trámites, limita concesiones, eleva requisitos y restringe usos sin escuchar a quienes realmente conocen el campo.
Políticamente, el mensaje es claro: el campo está cansado de ser utilizado en campaña y olvidado en el gobierno. Los agricultores no están pidiendo privilegios. Están exigiendo algo básico: respeto a su trabajo, certeza jurídica sobre el agua y condiciones mínimas para producir sin endeudarse hasta el cuello.
Pero lo más preocupante es que esta crisis no sólo afecta a los agricultores. Afecta a toda la cadena económica del estado, a los ganaderos, a los transportistas, a los comerciantes y, finalmente, al consumidor. Cuando el campo se paraliza, Chihuahua entero se detiene.
El gobierno puede intentar minimizar las protestas, puede culpar a terceros o inventar discursos, pero no puede ignorar lo evidente: la gente se levanta cuando ya no tiene nada más que perder. Hoy el campo chihuahuense se convirtió en un símbolo de resistencia nacional, un recordatorio de que los ciudadanos se organizan cuando el gobierno no responde.
Chihuahua no está pidiendo favores. Está exigiendo justicia. Exigiendo inversión. Exigiendo diálogo real. Y exigiendo que las decisiones sobre el agua “la vida del estado” se tomen con los agricultores, no en contra de ellos.
Los agricultores ya hablaron. Ahora le toca al gobierno decidir si quiere escuchar… o si prefiere seguir ignorando a quienes sostienen la mesa de México.
* Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las escribe y firma, y no representan el punto de vista de Enboga.