Durante una sesión del ciclo Los Institutos Nacionales de Salud: orígenes y perspectivas, organizada por El Colegio Nacional, se encendieron las alertas sobre el rumbo que podría tomar el Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez (INCIC). El coordinador del encuentro, Adolfo Martínez Palomo, miembro de la institución académica, advirtió que existe un “desprecio por analizar el futuro” de este centro de alta especialidad, fundado en 1944 con la misión de atender, investigar y formar especialistas en el campo de la cardiología.

Martínez Palomo señaló que, aunque aún no se ha concretado, hay una tendencia a querer transformar al instituto en un hospital general, lo que implicaría dejar de lado sus funciones sustantivas en la investigación científica y la formación académica. A esta preocupación se sumó la doctora María del Carmen Lacy, investigadora del propio instituto, quien denunció la pérdida de una parte importante del presupuesto y de la autonomía económica, condiciones que limitan seriamente la capacidad del organismo para sostener sus proyectos y consolidar sus avances. “No queremos ser la sombra de lo que han sido 80 años de historia”, subrayó.

El Instituto Nacional de Cardiología nació de la visión de Ignacio Chávez, quien en 1924 impulsó un servicio especializado en el Hospital General de México y, tras formarse en Europa, regresó con la idea de crear un centro con vocación integral. Desde su fundación, el INCIC se concibió como un espacio con cuatro ejes centrales: atención médica de alta especialidad, investigación de vanguardia, formación de recursos humanos y labor social. En su momento llegó a ser pionero en diversos ámbitos, como la fabricación de prótesis valvulares cardiacas, iniciada en 1977. Sin embargo, este proyecto se suspendió en 2020 bajo el argumento de que las importaciones serían suficientes, lo que hoy representa un problema porque esas piezas son más difíciles y costosas de conseguir, y el país perdió la capacidad de producirlas.
Actualmente, el instituto sostiene más de 260 proyectos de investigación en áreas que van desde la biología molecular hasta la farmacología, pero enfrenta crecientes obstáculos financieros y administrativos que ponen en entredicho la continuidad de estos trabajos. La preocupación es aún mayor si se toma en cuenta que las enfermedades cardiovasculares y metabólicas ya figuran entre las principales causas de muerte en México y que, para 2050, la cardiopatía isquémica se proyecta como la primera causa de mortalidad en el país.

Para los especialistas, el deterioro del INCIC no es un asunto menor ni estrictamente administrativo, sino un riesgo para la capacidad nacional de enfrentar los retos de salud pública que vienen. Reducirlo a un hospital general o debilitar su autonomía significaría desaprovechar décadas de conocimiento acumulado, frenar la innovación y limitar la formación de nuevas generaciones de médicos especialistas. De ahí que Martínez Palomo insista en la necesidad de un debate serio y abierto sobre el futuro del instituto.
El legado del Ignacio Chávez es más que historia: es una advertencia sobre lo que puede perderse si no se defiende el papel del Instituto de Cardiología como un centro de excelencia. Preservar su vocación original y fortalecer su autonomía son tareas urgentes si se quiere evitar que una institución emblemática para la medicina mexicana se convierta en la sombra de lo que alguna vez fue.