En un país sacudido por la violencia ligada al crimen organizado, el atentado del pasado 28 de enero contra dos legisladores locales de Movimiento Ciudadano (MC) en Culiacán, Sinaloa, se convirtió no sólo en un símbolo de la peligrosa normalización de la agresión política, sino en una historia de supervivencia que desafía a la fatalidad. Elizabeth Rafaela Montoya Ojeda, diputada por MC, volvió a poner el nombre de México en los reflectores este miércoles, tras ofrecer una entrevista a Ciro Gómez Leyva en la que compartió, con voz firme y marcada por la experiencia, cómo vive el proceso de recuperación luego de perder un ojo en el ataque y su determinación por continuar su labor pública pese al trauma.
El episodio violento ocurrió mientras Montoya y su colega, Sergio Torres Félix, también diputado y líder estatal de MC, se dirigían al aeropuerto para viajar a la Ciudad de México a un evento partidista. La emboscada fue fulminante: varias detonaciones contra el vehículo en el que viajaban, sin tiempo para reaccionar, en plena capital sinaloense. “Yo lo considero un milagro”, dijo Montoya al recordar que sintió de pronto un impacto en el rostro y luego el vacío de la consciencia, sin comprender lo que ocurría hasta que ya había auxilio de fuerzas federales en el lugar.
Íbamos platicando, de pronto el carro se detuvo y sentí como que me empezaron a sacudir la cabeza, ya cuando volteo veo que el diputado Sergio Torres tiene un aherida y empizo a sentir caliente en el rostro. En ese momento me desmayé
La legisladora detalló que, además de perder un ojo, sufrió lesiones en el pómulo y la nariz que requirieron una cirugía reconstructiva, y que aún enfrenta otra intervención pendiente. A pesar de la magnitud de sus heridas, subrayó con determinación que “aquí estamos, eso es lo importante, que seguimos aquí y tenemos todavía mucho por hacer; no nos rendimos, seguiremos trabajando”. Afirmó también su amor por su labor y el contacto con la gente, y anticipó que seguirá desempeñándose en el Congreso una vez que su recuperación lo permita.

Contrario a versiones oficiales que han apuntado a que el ataque se dio en el marco de la violencia entre facciones del Cártel de Sinaloa, Montoya rechazó que existan amenazas previas o razones personales que lo justifiquen. “No tengo la menor idea de dónde vino ni por qué”, puntualizó, descartando entender el móvil de los agresores y desestimando versiones de mensajes cruzados entre grupos criminales como Los Chapitos y Los Mayos, señaladas por el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.
La más reciente fase de las investigaciones oficiales ha identificado la participación de al menos seis personas y el uso de dos vehículos en el atentado, según la Fiscalía de Sinaloa, apoyada por imágenes de cámaras de vigilancia y procesamiento de huellas dactilares en los autos relacionados con el hecho. Las autoridades han vinculado a una célula de Los Chapitos con el atentado y detuvieron a un hombre señalado como operador logístico de esa célula, aunque sigue sin esclarecerse plenamente el móvil del ataque ni si hubo órdenes superiores detrás de la emboscada.
Mientras Montoya relata su recuperación y proyecta su regreso a la vida pública, su compañero Sergio Torres Félix permanece hospitalizado en estado delicado, recuperándose de múltiples heridas tras varias intervenciones quirúrgicas, incluido drenaje y cuidados intensivos prolongados.
El ataque a los legisladores ha avivado la discusión sobre la situación de inseguridad en Sinaloa. El gobierno federal respondió con el despliegue de 1 600 soldados en la entidad en los días posteriores al atentado, con el objetivo de reforzar las labores de seguridad y apoyo a las autoridades estatales, en medio de una escalada de violencia que se prolonga desde 2024.
La historia de Montoya, marcada por el dolor físico y la pérdida, también es un relato sobre la fragilidad pero también sobre la voluntad de mantenerse en pie frente a la amenaza. Su frase más reciente —que sigue adelante pese a haber perdido un ojo— se perfila como emblema de una confrontación más profunda entre actores políticos, crimen organizado y el tejido social que intenta preservar la vida democrática en estados golpeados por la violencia. En el corazón de Culiacán, la diputada ha elegido no solo sobrevivir, sino seguir luchando por una causa que, para ella, aún vale la pena.