Opinión Por: Mario Arturo Pico
Los jóvenes y el mal manejo en los partidos políticos
En el discurso oficial de todos los partidos políticos, los jóvenes son presentados como la esperanza, la sangre nueva, la generación que traerá renovación a la vida pública del país. Sin embargo, cuando observamos la práctica, descubrimos una cruda contradicción: lejos de ser protagonistas, la mayoría de los jóvenes dentro de los partidos son relegados a roles secundarios, utilizados como carne de cañón electoral o como simples figuras decorativas que sirven para simular inclusión.
El mal manejo de los jóvenes en los partidos no es un asunto menor. Representa una de las principales razones por las que la política sigue atrapada en un círculo vicioso de descrédito y apatía social. En lugar de impulsar a una nueva generación con ideas frescas, capacidad técnica y compromiso con las causas sociales, se reproduce el mismo modelo de control, clientelismo y simulación que ha vaciado de contenido a las instituciones políticas.
La primera gran falla es evidente: los jóvenes son utilizados como relleno en eventos y campañas. Se les convoca para ondear banderas, llenar auditorios y repartir volantes, pero pocas veces se les permite sentarse en la mesa de decisiones. Los dirigentes los ven como “apoyo logístico”, no como cuadros políticos con capacidad de proponer. El resultado es una juventud políticamente activa, pero sin influencia real en la dirección de los partidos.
Otra práctica común es la creación de estructuras juveniles controladas, que funcionan más como aparatos de disciplina que como verdaderos semilleros de liderazgos. Las secretarías juveniles suelen estar encabezadas por jóvenes dóciles, elegidos no por su capacidad o trayectoria, sino por su cercanía con algún dirigente mayor. Así, los espacios que deberían servir para formar cuadros críticos e innovadores terminan siendo trampas que reproducen las mismas viejas prácticas.
Quizá lo más preocupante es que muchos jóvenes que logran ascender en los partidos terminan repitiendo los mismos vicios que criticaban. Aprenden rápido el arte del acomodo, del compadrazgo, del beneficio personal por encima del interés colectivo. En lugar de romper con las prácticas del pasado, se integran a ellas, alimentando la percepción de que en política no importa la edad: los vicios son los mismos, sin importar si el dirigente tiene 25 o 65 años.
Este mal manejo tiene consecuencias graves. Por un lado, se desperdicia el talento de miles de jóvenes con preparación, energía y capacidad para innovar en políticas públicas. Por otro, se genera una enorme desilusión: jóvenes que se acercan con entusiasmo a los partidos terminan decepcionados, alejándose de la política o, peor aún, cayendo en el cinismo. Así, los partidos pierden la oportunidad de renovarse y la sociedad pierde la posibilidad de contar con liderazgos frescos y comprometidos.
Si de verdad se quiere hablar de renovación política, los partidos deben cambiar de raíz su relación con la juventud. Esto implica abrir espacios de participación efectiva, donde los jóvenes tengan voz y voto en las decisiones. También requiere establecer mecanismos de formación política y técnica, que preparen a la nueva generación para gobernar con capacidad y visión, y no solo para hacer carrera personal.
Finalmente, es indispensable que los partidos entiendan que el mérito y la capacidad deben pesar más que la lealtad ciega a un dirigente. Mientras los jóvenes sean premiados por obedecer en lugar de por proponer, la política seguirá siendo un terreno fértil para la simulación.
Los jóvenes no son el futuro: son el presente. Pero mientras sigan siendo mal manejados dentro de los partidos, ese presente seguirá siendo una oportunidad perdida. Y en un país donde la desconfianza hacia la política es cada vez mayor, esa es una irresponsabilidad que ya no nos podemos permitir.
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