Lo que destruyó a Venezuela no fue un meteorito. Fue la indiferencia, el “no pasa nada”, el “a mí no me afecta”, el “ya veremos”. Fue la comodidad del silencio. Fue creer que la democracia aguanta todo. Fue permitir que un solo proyecto político se apropiara del Estado mientras la ciudadanía observaba. No es tiempo de neutralidad. No es tiempo de miedo. Es tiempo de levantar la mano con fuerza, de cuestionar, de exigir, de participar y de dejar claro que México no será un país arrodillado ante ningún proyecto autoritario, venga del color que venga.